ASESINA DE LOAN PEÑA CONFIRMA TRASLADO FINAL DEL MENOR EN JUICIO POR VICTORIA CAILLAVA!
LA COARTADA DE LA EXFUNCIONARIA EN EL CASO LOAN: Lágrimas, contradicciones y una frase macabra que sacude el juicio

El silencio se cortaba con un cuchillo en la sala del tribunal cuando María Victoria Caillaba, una de las figuras más enigmáticas y peso pesado de los siete acusados por la desaparición del pequeño Loan Danilo Peña, decidió romper el pacto de silencio que mantenía en vilo a la justicia de Corrientes. Lo que prometía ser una ampliación de indagatoria técnica se transformó, de la noche a la mañana, en un monólogo de proporciones cinematográficas, un relato que por momentos rozó la biografía íntima y que dejó atónitos tanto a los jueces como a los familiares presentes.
La fecha clave sigue resonando como una herida abierta: el 9 de junio de 2024, el día en que el rastro del niño de cinco años se desvaneció en el paraje Algarroval, en la localidad correntina de 9 de Julio. A meses de aquel fatídico almuerzo en la casa de la abuela Catalina, Caillaba se plantó ante el estrado y, con la voz quebrada y pañuelos en mano, intentó tejer una red de coartadas destinadas a probar su total inocencia. Sin embargo, para los fiscales y los investigadores, cada palabra no hizo más que encender nuevas alarmas sobre una trama oscura donde el poder político, los vínculos policiales y las zonas grises de la investigación amenazan con salpicar a los sectores más altos de la provincia.
De los orígenes humildes al banquillo de los acusados
En un intento evidente por generar empatía y construir una imagen diametralmente opuesta a la de una secuestradora de niños, Caillaba arrancó su exposición remontándose a su infancia en el paraje Bonete. Con un tono nostálgico, evocó las épocas de carencia, las jornadas bajo el sol abrazador cultivando tabaco junto a sus padres, y el esfuerzo familiar para rescatar a los maestros rurales con un tractor cuando los caminos de tierra se volvían intransitables por las lluvias.
“Nadie me va a venir a enseñar lo que es el trabajo en el campo”, exclamó ante el tribunal, detallando sus 26 años de servicio en la escuela secundaria de 9 de Julio, su paso fugaz por la política local como concejal y su posterior rol al frente del área de producción municipal. Con minuciosidad, enumeró gestiones de semillas, entrega de pollitos, perforaciones de agua para pequeños productores y asistencia a familias vulnerables. La estrategia era clara: mostrar a una mujer abnegada, incapaz de lastimar a una criatura, vinculada históricamente al cuidado de los vecinos y al respeto comunal.
Incluso dedicó varios minutos a detallar su especial afecto por la abuela Catalina, a quien comparaba con sus propios recuerdos familiares. “Me hace acordar a mi infancia”, repetía, intentando justificar su cercanía con la matriarca de los Peña y desestimando cualquier lectura siniestra sobre su presencia en el almuerzo del 13 de junio.
El almuerzo fatídico y la hora de la retirada
Cuando la declaración se adentró en los hechos del día de la desaparición, el relato de Caillaba adoptó una precisión cronológica que la defensa considera inquebrantable, pero que la querella califica de ensayo teatral. Según su versión, arribó a la casa de la abuela Catalina cerca de las 12:10 o 12:15 junto a su esposo, el capitán de navío retirado Carlos Pérez —otro de los principales imputados—.
En su testimonio, describió la disposición de la mesa, el menú, la presencia de los chicos y los adultos, y aseguró que el ambiente era de absoluta normalidad. Mencionó que Loan estaba sentado cerca de su padre, vistiendo una remera negra con la inscripción “Messi” en rosa, un pantalón corto y una gorra celeste con tira roja. Según Caillaba, nadie estaba borracho y el almuerzo transcurrió sin rispideces. El detonante para emprender la retirada, argumentó, fue estrictamente futbolero: su marido quería llegar a tiempo a su casa para ver el partido de River Plate.
El momento crítico del almuerzo comenzó a disolverse cuando los chicos empezaron a deambular. Caillaba relató que, cerca de las 14:15, se dispuso a buscar unas mandarinas junto a la abuela Catalina y Laudelina Peña. Fue en ese instante preciso cuando sonó el teléfono de Laudelina. Al atender, la mujer se apartó hacia la pequeña capilla de santos y luego regresó con una frase que hoy retumba en el expediente: “Fue Antonio… Me pregunta si Loan ya llegó”.
A partir de ahí, la secuencia se acelera. Caillaba aseguró que desconocían por completo que los niños y algunos adultos se hubieran dirigido al naranjal, ubicado a unos 600 metros de la vivienda. Convencida de que el niño simplemente se había desorientado —una posibilidad lógica para un chico de cinco años en medio de un monte espeso, según su óptica—, decidió subirse a su camioneta junto a su esposo y emprender el regreso.
La ruta, el rastreo satelital y la sombra de la mentira
Uno de los pilares de la defensa de Caillaba es su insistencia en que se perite su teléfono celular “minuto a minuto”. La exfuncionaria aseguró ante los jueces que desde el momento en que salieron de la casa de Catalina hasta llegar a su domicilio en la calle Vicente Pampín no realizaron ninguna parada intermedia.
“La ruta estaba intransitable, no se podía andar a más de 15 o 20 kilómetros por hora”, enfatizó, desafiando a la justicia a comprobar mediante geolocalización que jamás desviaron su rumbo ni transportaron al niño en el baúl o en el habitáculo de su vehículo. Sostuvo que llegaron a su casa, guardaron la camioneta en el tinglado y que fue recién alrededor de las 15:00 cuando recibieron el llamado desesperado de la abuela Catalina preguntando si habían visto a Loan.
A partir de ese aviso, según su versión, se sumaron a la búsqueda de inmediato, recorrieron los montes, hablaron con vecinos como los González, llamaron a la policía local porque el teléfono de la comisaría “nunca funciona” y se pusieron a disposición de las autoridades. Incluso relató que por la noche, aquejada por una tos persistente, acudió al hospital local acompañada por su esposo para recibir una inyección, episodio que fue corroborado por el personal médico de guardia.
Las contradicciones que la hunden: La entrevista y el chasis
Sin embargo, enfrente tiene a un equipo fiscal implacable encabezado por Carlos Schaefer, quien no tardó en echar por tierra el barniz de inocencia con el que Caillaba intentó blindarse. El fiscal general hizo hincapié en las flagrantes contradicciones de su testimonio frente a las pruebas reunidas en la causa, poniendo especial foco en una pieza documental clave: la entrevista periodística brindada a Paulo Bernini en los primeros días del caso.
En aquella nota televisiva, que quedó grabada y analizada hasta el cansancio por peritos en comunicación no verbal, Caillaba dejó escapar una frase que hoy constituye una de las sospechas más pesadas en su contra. Mientras caminaba junto al cronista, explicó con lujo de detalles cómo se había agachado para mirar debajo del chasis de su camioneta. “¿Por qué miró la parte inferior?”, fue la pregunta latente. Su justificación de que “los chicos a veces se esconden ahí jugando” encendió las alarmas de los investigadores. Para la fiscalía, esa reacción no fue un acto reflejo de colaboración, sino un revelador acto fallido de quien conocía perfectamente la dinámica del vehículo en relación con el traslado del menor.
A esto se suman los testimonios de vecinos que aseguraron haber visto la camioneta en movimientos extraños, las sospechas sobre un supuesto lavado posterior del vehículo para borrar rastros genéticos y las pericias scopométricas y de rastros que la fiscalía considera determinantes, más allá de los intentos técnicos de la defensa por desacreditarlas.
La salud, el miedo al cáncer y el fantasma político
En otro tramo de su extensa y calculada declaración, Caillaba se detuvo en un aspecto estrictamente personal que dejó perplejos a los presentes. Con gestos de profundo pavor, habló de sus controles médicos periódicos por nódulos mamarios iniciados en 2021. Aclaró enfáticamente que no tiene cáncer, pero admitió que le terroriza la enfermedad debido a los antecedentes trágicos de su abuela.
Utilizó este punto para explicar por qué en varias conversaciones informales mencionaba trámites oncológicos o visitas a la capital provincial, buscando neutralizar las sospechas sobre su viaje a Corrientes Capital el viernes posterior a la desaparición. “Todo lo que tengo lo gané trabajando bajo el sol, con el sudor de mi frente. Nadie me va a señalar diciendo que robé plata de la municipalidad”, exclamó, en un intento desesperado por blindar su honorabilidad ante el derrumbe de su imagen pública.
Pero el trasfondo del juicio trasciende largamente las cuitas domésticas de la exfuncionaria. El caso Loan puso bajo la lupa el entramado de poder político y policial en la provincia de Corrientes. Las llamadas cruzadas, la inacción inicial de las fuerzas de seguridad, los indicios de encubrimiento y la figura de su propio hijo, Jorgito Bertón —cuya eventual declaración es aguardada como una potencial bomba en el expediente—, configuran un rompecabezas macabro.
La justicia decidirá en las próximas semanas si las lágrimas de María Victoria Caillaba y su relato plagado de matices cotidianos logran convencer a un tribunal que ya no cree en casualidades, o si la coartada perfecta se desmorona definitivamente bajo el peso de las pruebas, dejando al descubierto la verdad oculta tras la desaparición de Loan.