Caso Loan: Declaro Jorge Berton, hijo de Victoria Caillava – Juan Manuel Laprovitta periodista
EL LADO OSCURO DEL JUICIO POR LOAN: Búsquedas de gore, mapas siniestros, la farsa de la “oveja atacante” y el asado trucho que esconde sangre
El aire dentro del Escuadrón 48 de la Gendarmería Nacional, apostado en Corrientes, se corta con un cuchillo. A esta altura del partido, cuando el juicio oral y público por la desaparición de Loan Danilo Peña transita sus semanas más densas, el debate dejó de ser un simple desfile de declaraciones para convertirse en una disección quirúrgica de la miseria humana. Las audiencias avanzan, los testigos se plantan frente a los jueces y, por más que las defensas intenten construir un castillo de naipes a base de amnesias selectivas y coartadas de manual, la verdad material empieza a filtrarse por las rendijas del expediente.
Lo que revelaron las últimas jornadas no hace más que confirmar que el horror en El Algarroval no fue producto de un descuido ni de una fatalidad campestre. Entre pericias telefónicas que helaron la sangre de los propios investigadores, contradicciones familiares insostenibles y relatos de baqueanos que desmoronan las teorías más absurdas de los imputados, el rompecabezas macabro suma piezas cada vez más oscuras.
El convoy nocturno y el festival del “no me acuerdo”
Una de las postales más elocuentes de la semana tuvo como protagonistas a María Victoria Caillava y a su hijo, Jorge “Jorgito” Bertón. Mientras la imputada principal intentó sostener una exposición de más de tres horas en la que se jactó de haber sido, supuestamente, una informante encubierta contra el narcotráfico —un sinsentido jurídico absoluto, ya que ningún colaborador eficaz se delata a sí mismo por fuera de un acuerdo de delación premiada—, su entorno familiar entró en cortocircuito absoluto.
El testimonio de Jorgito Bertón dejó en evidencia una estrategia defensiva caminada por la cornisa del perjurio. Atrapado entre la obligación legal de no declarar en contra de su madre y el peligro latente de quedar salpicado en causas paralelas, Bertón se refugió sistemáticamente en una muletilla exasperante: “No me acuerdo”.
Sin embargo, la tecnología no tiene baches de memoria. Un día antes de su exposición, el perito de la Policía Federal Pablo Fernando Coolshow había demolido su coartada con datos duros. Los registros telefónicos y de antenas desnudaron que Bertón se había comunicado en múltiples oportunidades con su madre tras la desaparición, contradiciendo su versión de un único contacto. Pero lo más lapidario provino de las cámaras de seguridad de una casa de materiales en 9 de Julio: a las 10:52 de la noche del 13 de junio de 2024, la camioneta de Carlos Pérez y Caillava pasó por el lugar, y apenas segundos después lo hizo la imponente Amarok 2023 de Bertón. Cuando los fiscales le mostraron las imágenes y le preguntaron cómo era posible que no hubiera visto el vehículo de su propia madre circulando centímetros delante suyo, el testigo balbuceó un desconocimiento inverosímil. Nadie que maneje por los caminos rurales de un pueblo chico puede cruzarse o marchar detrás de sus familiares directos sin advertirlo, salvo que exista una deliberada intención de mirar hacia otro lado.

El sentido común del campo: Mario “Guacha” González y la farsa de la oveja
Frente a la catarata de excusas técnicas, la voz de los lugareños aportó la cuota de realidad geográfica que el expediente necesitaba. Mario Justo González, conocido en la zona como “Guacha”, es un hombre de campo literal: capataz de estancia devenido en pequeño productor con medio centenar de animales. Su testimonio sirvió para demoler dos de los pilares más absurdos montados por la defensa de Carlos Pérez.
El primero de ellos refiere a las distancias. González vive a unos dos kilómetros y medio del famoso naranjal donde supuestamente se vio por última vez al chico. Con la autoridad que le da pisar ese suelo todos los días, fue contundente: ningún nene de cinco años que desconoce por completo el terreno es capaz de caminar esa distancia en medio del monte espeso.
El segundo punto fue aún más insólito. En su momento, Pérez había intentado justificar la presencia de rastros o la imposibilidad de seguir buscando deslizando una fábula digna de fantasía: aseguró que una oveja con su cría lo había querido atacar, sugiriendo que tal vez el animal había embestido a Loan y lo había dejado postrado en la maleza. Ante esto, González estalló de incredulidad en plena sala. Con total sinceridad y espontaneidad pueblerina, explicó que las ovejas con corderos no son ariscas ni atacantes; al contrario, son mansas y huyen. “Una oveja jamás me atacó a mí ni a nadie”, sentenció, pulverizando el argumento defensivo con la lógica inapelable de quien vive rodeado de hacienda.
Asimismo, González dejó expuesta la absoluta desidia de Antonio Benítez. Relató que aquella siesta trágica, Benítez se acercó a su puesto a preguntarle por el paradero del nene. Al responderle negativamente, el baqueano le advirtió de inmediato en dos oportunidades: “Llamá a la policía”. Benítez hizo oídos sordos y siguió su camino. Cuando la defensa le consultó por qué no había dado aviso a las autoridades por motu proprio, González fue implacable: “Yo estaba tomando mate en mi casa a dos kilómetros; si se me pierde una vaca, lo primero que hago es llamar a la comisaría. ¿Cómo no lo vas a hacer si se te pierde un criatura?”. La comparación dejó en ridículo la pasividad cómplice de los adultos que orbitaban al pequeño.
El celular de Carlos Pérez: gore, balas y un mapa siniestro
Sin lugar a dudas, el momento más escalofriante de las audiencias recientes llegó de la mano de los informes presentados por los especialistas de la Policía Federal Pablo Fernando Coolshow y Ciro Melián Abril, quienes volcaron sobre la mesa los resultados de la autopsia informática realizada a los teléfonos celulares secuestrados al matrimonio integrado por Carlos Pérez y Victoria Caillava.
Mientras que en el aparato de Caillava los peritos hallaron un raid de búsquedas centradas en el valor del dólar blue, agencias de turismo, notas sobre el caso Nahir Galarza y manuales digitales sobre cómo se planta evidencia —un dato que cobra un tinte siniestro al recordar los planteles de falsas pistas que aparecieron en los primeros rastrillajes—, el teléfono de Carlos Pérez abrió la puerta a un abismo de perversión.
El exmarino retirado, con 38 años de instrucción militar en sus espaldas y un presunto entrenamiento táctico, escondía en su historial de navegación un consumo sistemático y perturbador. Los peritos detectaron visitas recurrentes a una página web de contenido explícito denominada Gore Grish, un portal clandestino de internet dedicado a la difusión de material sin censura sobre crímenes aberrantes, ejecuciones, accidentes fatales, cuerpos mutilados, sangre y muertes violentas. Ver a un hombre vinculado a las fuerzas armadas consumiendo gore de manera obsesiva en las horas clave posteriores a la desaparición de un menor de edad eriza la piel de cualquiera.
Pero la cosa no terminó ahí. En el mismo dispositivo se encontraron consultas minuciosas sobre mapas de la provincia de San Juan —un destino que encendió las alarmas sobre posibles rutas de fuga o ocultamiento— y, de manera por demás alarmante, búsquedas textuales específicas sobre calibres y tamaños de balas. ¿Para qué un hombre retirado de la fuerza, supuestamente ajeno a los hechos, investiga dimensiones de proyectiles con desesperación en medio de la conmoción nacional por la búsqueda de un nene? La pregunta flota en el aire del tribunal sin que ningún abogado defensor haya podido dar una respuesta coherente.
La pista de la carne y el luminol acorralado
En el terreno de las coartadas desesperadas, la fiscalía expuso otra maniobra destinada a justificar lo injustificable. Las pericias científicas habían arrojado un resultado positivo de luminol —reactivo químico que detecta la presencia de sangre, sea humana o animal— en el Ford Ranger que el matrimonio utilizó para trasladarse a la provincia de Chaco en los días posteriores al hecho. Las manchas latentes se ubicaron estratégicamente en una cartón en el baúl y sobre el lado izquierdo del asiento trasero.
Para neutralizar este peso probatorio, Caillava introdujo un detalle menor pero revelador: admitió que, en medio de su trayecto rumbo a Resistencia para buscar a la hija menor de Pérez, se detuvieron en la capital correntina a realizar compras, incluyendo una parada en una conocida carnicería de la cadena Friar para adquirir cortes vacunos.
La coartada busca plantar la idea de que los rastros hemáticos en el habitáculo del vehículo provenían de la sangre de los cortes de carne que transportaban. Sin embargo, los investigadores destruyeron esa teoría con una simple pregunta de sentido común aportada por una fuente judicial: ¿Qué vecino de 9 de Julio, un pueblo rodeado de almacenes rurales y carnicerías de proximidad donde conseguir carne fresca es moneda corriente, viaja cientos de kilómetros hasta la ciudad de Corrientes para comprar bifes y los pasea en el asiento trasero de un auto durante horas antes de meterlos en una heladera? La maniobra es tan burda que desnuda el desesperado intento de fabricar una explicación científica para una mancha de sangre que jamás debió estar ahí.
El horizonte del juicio y la sombra de la Casación
Con este panorama de tensiones crecientes, la dinámica del debate sufrió modificaciones operativas anunciadas por la presidencia del tribunal. A partir de finales de octubre y hasta el próximo 1 de diciembre —fecha prevista para el cese de funciones y retiro del juez Fermín Arolini—, el ritmo de las audiencias se reducirá a dos encuentros semanales. El control del proceso quedará luego en manos de los jueces sustitutos Eduardo Ariel Belforte (Formosa), Simón Braco (General Roca) y el nuevo titular subrogante Enrique Bosch (Resistencia), quienes deberán decidir si el debate continúa durante la feria judicial de verano.
Mientras tanto, en paralelo al desfile de testigos, las defensas continúan sembrando minas de tiempo procesal. Los letrados apuestan de manera abierta a desgastar el proceso y acumular planteos de nulidad —como se vio con la incorporación de Marcelo Ponce a la defensa de Pablo Núñez pese a los evidentes conflictos de intereses señalados por la fiscalía— con la mira puesta en un horizonte lejano: llegar a la Cámara de Casación dentro de uno o dos años para intentar voltear todo lo actuado por supuestos vicios en la cadena de custodia.
El próximo 15 de octubre, la expectativa se centrará en la declaración por vía telemática (Zoom) de Ramón Dupuy, el abuelo de Lucio, cuya presencia virtual buscará aportar una perspectiva social y de protección a la infancia, luego de que el tribunal rechazara insólitamente otorgarle el estatus de testigo protegido pese a las denuncias de hostigamiento.
Las caretas caen, los chats macabros salen a la luz y las coartadas de las ovejas y la carne vacuna se desintegran frente al rigor de la ciencia forense. El juicio entra en su etapa de definición, pero en el fondo de la sala, resonando en cada rincón vacío del tribunal federal, la única frase que importa sigue exigiendo una respuesta desesperada: ¿Dónde está Loan?