Uncategorized

CASO LOAN PEÑA: CHÓFER LAUDELINA PEÑA DECLARA Y TERMINA CON TERRIBLE DESENLACE LO DECLARA CULPABLE

BOMBA EN EL CASO LOAN: Detuvieron en vivo y en pleno juicio al chofer de los secretos políticos y el pacto de silencio comienza a resquebrajarse

El aire dentro del Escuadrón 48 de la Gendarmería Nacional en Corrientes se cortaba con un cuchillo. La tensión acumulada durante meses de audiencias monótonas estalló de la manera más abrupta y cinematográfica imaginable. Lo que debía ser un testimonio de rutina se convirtió en cuestión de horas en el epicentro de un terremoto judicial que dejó a todos los presentes con la boca abierta. Por primera vez desde que comenzó el debate oral por la desaparición de Loan Danilo Peña, un testigo terminó esposado, demorado y camino a una celda en plena transmisión en directo, bajo la fulminante acusación de falso testimonio agravado y reticencia.

El protagonista de este escándalo sin precedentes es Agustín Ibarra, un empleado municipal de perfil bajo pero con vínculos y terminales políticas demasiado pesadas para ignorar. Cercano al senador provincial Diego Pellegrini, conocido del polémico abogado José Codazzi y señalado como el hombre que operaba en las sombras como chofer y sombra nocturna en los traslados de Laudelina y Macarena Peña, Ibarra creyó que podía burlar a la justicia federal con un libreto de amnesia selectiva. Le salió mal. Muy mal.

La coartada del “buen amigo” que no escuchaba nada

La jornada había comenzado con las rispideces habituales. Ibarra se sentó frente al tribunal intentando construir el personaje del ciudadano común, un alma bondadosa que simplemente había salido a hacerle el aguante a un amigo —el letrado Codazzi— en un largo viaje por las rutas correntinas. Según su relato inicial, él solo manejaba. Un trayecto de dos horas y media, casi tres, que unía Esquina con la localidad de 9 de Julio.

Sin embargo, ante las primeras preguntas de las partes, la estructura defensiva del testigo comenzó a hacer agua por todos lados. Ibarra juró y perjuró que, durante todo ese tiempo al volante, jamás prestó atención a las conversaciones ajenas. Con una pachorra exasperante, aseguró que los temas de los que hablaban los letrados y sus clientes le resultaban “poco interesantes”, al punto de haber optado por replegarse en su propio silencio, concentrado estrictamente en mirar el asfalto y disfrutar de sus amagues con el mate.

—¿No hablaron en absoluto de la desaparición del niño Loan?— le retrucaron desde la fiscalía. —No, nada, no recuerdo haber escuchado nada relevante— respondía él con evasivas, apelando a una memoria selectiva que rozaba el insulto a la inteligencia de los jueces.

La incredulidad en la sala era palpable. ¿Cómo era posible que, en medio de una provincia convulsionada por el caso de un niño de cinco años desaparecido en extrañas circunstancias, un chofer que trasladaba a los actores clave del expediente compartiera horas de ruta sin emitir palabra ni escuchar una sola referencia al tema que paralizaba al país? La fiscalía y las querellas sabían perfectamente que Ibarra estaba mintiendo, pero necesitaban acorralarlo con sus propias palabras.

El fantasma del pasado: cuando la tinta fría condena la mentira

El momento de quiebre absoluto llegó cuando la presidencia del tribunal, a cargo del juez Fermín Ceroleni, ordenó a la secretaria de la cámara exhibir un documento oficial. No era un papel cualquiera: se trataba de la declaración testimonial que el propio Agustín Ibarra había firmado de puño y letra ante la justicia federal el 31 de julio de 2024, en los albores de la investigación.

Tras reconocer formalmente su firma —un trámite que no pudo eludir pese a sus caras de desconcierto—, se procedió a leer en voz alta fragmentos textuales de aquel documento archivado. Las contradicciones estallaron como dinamita en el recinto.

En la página 6 y la página 9 del expediente viejo, Ibarra había dejado asentado algo radicalmente distinto a lo que acababa de jurar minutos antes. En aquel entonces, acorralado por el temor o quizás con la verdad todavía fresca en la cabeza, el municipal había confesado que sí escuchó diálogos dentro del vehículo. Más aún: detalló con precisión quirúrgica una charla mantenida por Macarena Peña con su madre, Laudelina.

—Lo que escuché fue en el camioneta… Lo que me hizo asumir que se trató de un accidente fue cuando Macarena le dijo a su mamá: “Acordate de que cuando el vehículo frena, se prende la luz trasera”— leyó la secretaria con tono implacable, reproduciendo la confesión exacta que Ibarra había prestado dos años atrás.

Acorralado por su propio pasado escrito, al testigo no le quedó otra salida que el balbuceo. Intentó justificar su amnesia alegando que “había entendido mal”, que “solo escuchó la palabra accidente al pasar” y que no prestó mayor atención. Pero el daño ya estaba hecho. La coartada del chofer desentendido se había desmoronado en cuestión de segundos, evidenciando una reticencia deliberada para proteger a alguien.

Cambios de autos en la madrugada y el misterioso almuerzo en Goya

Pero el suplicio de Ibarra en el estrado estaba lejos de terminar. A medida que el interrogatorio avanzaba sobre los detalles logísticos de sus movimientos, el relato se convirtió en un delirio incoherente. El testigo reconoció que, tras cumplir con sus supuestas labores de chofer, protagonizó un operativo de cambio de vehículos en plena madrugada en la zona de El Desmochado.

En ese punto del recorrido, según su propia confesión, decidió abandonar a su suerte a un amigo de toda la vida con el que había viajado durante horas, dejándolo regresar solo en la ruta en medio de la noche, mientras él optaba por retornar a Corrientes bajo otras circunstancias poco claras. Las preguntas sobre los motivos de esa separación repentina quedaron sin respuesta lógica. Ibarra se escudó en baches mentales, silencios prolongados y una serie de excusas infantiles que irritaron profundamente a los magistrados.

Para colmo de males, la fiscalía comenzó a tirar de la hilacha política. Salió a la luz que aquel viaje no se trataba de un simple raid de amigos, sino que incluyó escalas de extrema relevancia institucional, como una parada en una residencia privada en la ciudad de Goya, donde compartieron un asado junto a siete u ocho personas en una mesa donde, casualmente, la política y los contactos de alto nivel flotaban en el ambiente. Ibarra intentó minimizar el convite asegurando que era una “reunión casual”, aunque reconoció sus fluidos contactos con intendentes, legisladores y el mismísimo exgobernador Gustavo Valdés, admitiendo que en su rol de referente político local suele frecuentar círculos de poder.

El clímax: la solicitud de detención en vivo y en directo

Cuando la situación procesal de Ibarra era insostenible, la temperatura en el Escuadrón 48 llegó al punto de ebullición. El primero en tomar la palabra para dar el golpe de gracia fue el doctor Leiro, representante de una de las querellas, quien pidió la palabra con firmeza.

Sin anestesia, Leiro solicitó formalmente al tribunal dos medidas de urgencia. Primero, una confrontación directa entre Ibarra y Macarena Peña para terminar de barrer con las mentiras sobre la forma en que se desplazaban. Y segundo, la jugada maestra que paralizó a todos los presentes: invocando el Artículo 285 del Código Procesal Penal, relativo a la flagrancia, y el Artículo 275 del Código Penal, pidió la detención inmediata in situ del ciudadano Agustín Ibarra por incurrir en el delito de falso testimonio agravado por reticencia, en perjuicio directo de los 17 imputados sentados en el banquillo y, sobre todo, de la búsqueda de la verdad sobre el paradero de Loan.

Las palabras cayeron como un martillazo. Leiro argumentó que el testigo no solo ocultó información vital, sino que su silencio cómplice entorpeció deliberadamente un proceso donde se juega la vida institucional del país y la libertad de personas que llevan más de dos años privadas de su libertad bajo sospechas dudosas.

Lo que vino a continuación fue un respaldo unánime que sorprendió a propios y extraños. El representante del Ministerio Público Fiscal tomó la palabra segundos después para avalar sin titubeos el pedido de arresto, destacando que la actitud reticente del testigo obligó a la fiscalía y a las defensas a realizar un esfuerzo titánico para arrancarle verdades a cuentagotas.

Para colmo de males para el entorno del detenido, la abogada Chirivín, defensora de otros imputados en la causa, no hizo más que adherir fervientemente a la moción de encarcelamiento, hartada de las maniobras dilatorias que ensucian el debate.

Esposado y rumbo al calabozo: un antes y un después en el juicio

Ante la contundencia de los pedidos y el acuerdo unánime de todas las partes intervinientes, al presidente del tribunal, el juez Fermín Ceroleni, no le quedó margen para la duda. Tras una breve deliberación visual con sus colegas, ordenó que Ibarra abandonara inmediatamente el estrado, dispuso su incomunicación preventiva y ordenó a las fuerzas de seguridad del escuadrón que procedieran a su detención formal y efectiva dentro de las instalaciones.

Las cámaras que transmitían el juicio captaron el instante exacto en que el rostro de Ibarra mutó de la prepotencia a el pánico absoluto. Los custodios se le acercaron, le indicaron que se pusiera de pie y lo retiraron de la sala con rapidez bajo una lluvia de murmullos de indignación por parte de los familiares de Loan presentes en el recinto.

Este arresto en vivo marca un punto de inflexión absoluto en el debate oral. Por primera vez, la justicia federal demuestra que no le temblará el pulso para ir tras los encubridores de guante blanco, aquellos operadores políticos y choferes todoterreno que creyeron que el pacto de silencio institucional era indestructible.

Ahora, encerrado en una celda del mismo escuadrón donde minutos antes declaraba con soberbia, Agustín Ibarra enfrenta el dilema más difícil de su vida: seguir cubriendo a los verdaderos artífices de la desaparición y cargar en soledad con una condena implacable por falso testimonio, o empezar a hablar para salvar su propio pellejo. El pacto de silencio, piedra angular de la impunidad en el caso Loan, acaba de sufrir su grieta más profunda. Y la historia, por fin, empieza a exigir responsables con nombre y apellido.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

You Might Also Enjoy