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[DETENIDO POR FALSO TESTIMONIO] DECLARÓ AGUSTIN YBARRA EN EL JUICIO DE LOAN

ESCÁNDALO TOTAL EN EL CASO LOAN: El chofer ligado al poder político que mintió sin parar, acorraló a los jueces y terminó pidiendo su detención en plena sala

El aire dentro de la sala de audiencias del Tribunal Federal se cortaba con un cuchillo. La tensión no era para menos: las horas avanzaban entre chicanas legales, documentos que iban y venían, y un desfile de testigos cuyas coartadas empezaban a desmoronarse como castillos de naipes. Pero lo que ocurrió cuando se sentó en el estrado Agustín Ibarra superó cualquier libreto de ficción. Municipal de Concepción, empleado administrativo reconvertido en sombra y chofer de confianza del senador provincial Diego Pellegrini, Ibarra pisó el recinto con una falsa tranquilidad que duró exactamente lo que tardaron en recordarle que estaba bajo juramento de decir la verdad.

La jornada prometía ser una más dentro del extenso y desgastante debate oral por la desaparición de Loan Danilo Peña, el pequeño de cinco años cuyo paradero mantiene en vilo a la Argentina desde junio de 2024. Sin embargo, el testimonio de Ibarra destapó una cloaca subterránea de complicidades, traslados nocturnos clandestinos, intercambios de vehículos en rutas secundarias y un pacto de silencio tan burdo que terminó dinamitando su propia defensa.

De la siesta en lo del senador al viaje misterioso

Para entender el tamaño del temblor judicial hay que remontarse al origen del recorrido. Ibarra, con una memoria llamativamente selectiva, intentó plantarse desde el minuto uno como un simple acompañante bondadoso. Según su relato inicial, todo comenzó cuando viajó desde la capital correntina hasta la localidad de Esquina junto a su amigo de toda la vida, el legislador provincial Diego Pellegrini. Pararon a comer un asado en Goya, llegaron a Esquina por la tarde y, mientras el senador se dedicaba a sus asuntos, Ibarra buscó refugio en una habitación para dormir la siesta.

Hasta ahí, una estampa de la política pueblerina. El problema comenzó cuando en esa misma casa, la de Pellegrini, apareció en escena el polémico abogado José Fernández Codasi. El letrado, famoso por haber estado en el centro de la escena en los momentos más turbios del encubrimiento inicial, tenía una misión urgente: viajar hacia el paraje 9 de Julio.

Y aquí es donde la versión de Ibarra empieza a hacer agua por todos lados. El municipal aseguró que, de manera completamente espontánea, se ofreció a manejar el vehículo del senador —un Volkswagen Passat gris— para llevar a Codasi hasta 9 de Julio. ¿El motivo? Ver a un “cliente”. ¿Quién era el cliente? En ese momento, según Ibarra, él no lo sabía. Lo supo después. Pero lo que resulta inverosímil para cualquier observador con dos dedos de frente es que un hombre decida subirse a un auto a recorrer kilómetros de ruta nocturna sin preguntar mínimamente a quién va a asistir un abogado penalista en plena conmoción nacional por la desaparición de un niño.

La llegada a la “casa humilde” y el baño estratégico

El viaje duró algo más de dos horas y media. Al llegar a 9 de Julio ya era de noche cerrada. Ibarra describió el destino como una vivienda precaria, típica de los pueblos del interior correntino, rodeada de una iluminación escasa y un clima espeso. Mientras Codasi descendía raudo del vehículo para internarse en la propiedad, el chofer improvisado se quedó esperando en el auto.

Pasó una hora, una hora y media. La paciencia de Ibarra, según su testimonio, se agotó por una necesidad fisiológica. Bajó del auto, golpeó la puerta, un hombre desconocido le abrió y le permitió usar el baño. Lo llamativo es que, en medio de un operativo clandestino donde se jugaba la libertad de personas vinculadas al poder, el tipo caminaba por la casa como si estuviera en un kiosco, sin ver nada, sin escuchar nada, ajeno por completo al hecho de que en ese preciso instante se estaba gestando una de las maniobras de manipulación testimonial más infames del caso.

La jugada maestra del encubrimiento no tardó en revelarse. Cuando Codasi decidió retirarse de la vivienda, no lo hizo solo. Al subir nuevamente al Passat, el abogado sumó a dos pasajeras en el asiento trasero: Laudelina Peña —la tía de Loan, la misma que luego plantaría la falsa hipótesis del accidente— y su hija Macarena.

A partir de ese momento, el viaje se convirtió en una procesión de silencios cómplices. Ibarra asumió el volante y manejó hasta la localidad de Desmochado. ¿Y qué pasaba en Desmochado? Una logística propia de película de espías: los esperaba el senador Diego Pellegrini a bordo de una camioneta blanca.

En plena ruta, en medio de la madrugada, hicieron el trasbordo. Las dos mujeres, Laudelina y Macarena, fueron pasadas a la camioneta de Codasi, mientras que Ibarra abandonó a su amigo Pellegrini —con quien supuestamente había viajado desde la capital para hacer favores políticos y pagar albañiles— para subirse a la chata del abogado y continuar camino hacia Corrientes capital.

El arte de no escuchar nada durante cinco horas

Ya arriba de la camioneta blanca, el escenario de la farsa rozó el ridículo. Ibarra iba al volante junto a Codasi, mientras en el asiento trasero viajaban Laudelina y Macarena. Eran cuatro personas en un habitáculo reducido, compartiendo ruta durante más de dos horas y media de trayecto continuo rumbo a la capital provincial.

Sin embargo, según el testigo, en ese reducido espacio físico reinaba una paz sepulcral. Ibarra juró y perjuró ante el tribunal que no escuchó absolutamente nada. Que iba concentrado en el camino, que en algunos tramos se quedó profundamente dormido —una cabezada de quince o veinte minutos, según reconoció— y que las dos mujeres de atrás apenas si murmuraban en voz baja.

—¿No hablaron de nada? ¿No les ofrecieron un mate? ¿No les preguntaron por qué viajaban a medianoche hacia una fiscalía? —le repreguntaron las partes, indignadas por el nivel de cinismo. —No, la verdad que no. A mí no me interesaba la conversación, yo venía manejando —respondía el testigo con una pachorra exasperante, escudándose en que la vida ajena le importaba poco y nada.

La fiscalía y las querellas sabían perfectamente que estaba mintiendo. Un testigo no puede pasar cinco horas al lado de los protagonistas de un delito aberrante y actuar como un autómata sordo. La tensión en la sala escaló de inmediato. Los fiscales empezaron a acorralarlo con contradicciones técnicas, marcando que el relato era una construcción defensiva armada milimétricamente para proteger al poder político que se mueve entre Esquina y Corrientes.

El fantasma del pasado: cuando la firma te condena

El golpe de gracia llegó de la mano de la lectura de un documento oficial que dejó a Ibarra sin margen de maniobra. La abogada Mónica Chiribín solicitó que se exhibiera el acta de la declaración testimonial que el propio Ibarra había prestado el 31 de julio de 2024 ante la justicia federal de Goya.

Tras ser obligado a reconocer su propia firma en el documento digital escaneado, la secretaria del tribunal procedió a leer los fragmentos más explosivos de aquel testimonio primigenio. La memoria, tan frágil para el testigo en el presente, había sido cristalina dos años atrás, cuando el miedo o la imprudencia de la verdad lo habían hecho hablar de más.

En la página 6 y la página 9 de aquel expediente, Ibarra había confesado con lujo de detalles lo que escuchó en el vehículo. Había reconocido sin titubeos una frase clave pronunciada por Macarena Peña dirigida a su madre: “Acordate de que cuando el vehículo frena, se prende la luz trasera”. Y más aún, había dejado asentado de su puño y letra una conclusión lapidaria: “Eso me hizo asumir que se trataba de un accidente cuando el camión frenó”.

Frente a la evidencia escrita, al municipal no le quedó otra que el balbuceo. Intentó retacear el sentido de sus propias palabras, argumentando que “cualquier persona asumiría eso si escucha la palabra accidente”, pero el daño ya estaba hecho. Quedó demostrado ante los jueces, los fiscales y el público que el testigo había incurrido en una flagrante falsedad al negar sistemáticamente haber escuchado las charlas sobre el falso choque montado para desviar la búsqueda de Loan.

El pedido de detención en vivo: el corolario de la mentira

El desfile de papelones de Ibarra terminó de agotar la paciencia de los letrados presentes. Lejos de retirarse en silencio tras quedar expuesto, el testigo continuó evadiendo preguntas elementales sobre su relación con el intendente de 9 de Julio —a quien reconoció haberle enviado un mensaje de “aliento” en plena crisis—, sobre los motivos reales de su viaje y sobre la red de contactos que blindó el traslado de Laudelina hacia la capital.

Fue entonces cuando el doctor Leiro, representante de una de las querellas, tomó la palabra con un tono firme que hizo silenciar la sala por completo. Tras señalar la evidente reticencia del testigo, la violación sistemática de la verdad y el ocultamiento deliberado de datos cruciales que podrían haber zanjado la situación de los imputados o hallado el paradero real de Loan, lanzó la bomba procesal.

Invocando el artículo 275 del Código Penal —falso testimonio agravado— y el artículo 285 sobre la flagrancia, solicitó formalmente al tribunal la detención inmediata y en el acto del ciudadano Agustín Ibarra.

El pedido cayó como un rayo. Lejos de oponerse con dureza, el Ministerio Público Fiscal avaló de inmediato la moción, destacando el esfuerzo sobrehumano que debieron realizar las partes para arrancarle una sola cuota de verdad a un testigo blindado por la desmemoria selectiva. Las demás defensas, en una jugada coral poco frecuente, adhirieron al planteo.

El presidente del tribunal evaluó la situación por unos segundos y, ante la contundencia de las pruebas y la flagrancia del perjurio cometido frente a los estrados, ordenó que el testigo permanezca a disposición de la justicia, dando inicio formal al proceso para su posterior encarcelamiento.

El caso Loan suma así un nuevo eslabón a su interminable cadena de operaciones oscuras. El chofer del poder político, el hombre que creyó que podía burlar a los jueces con un libreto de amnesia barata, terminó convirtiéndose en el protagonista involuntario de una jornada histórica. La verdad, aunque intente ser ahogada en silencios de ruta y viajes clandestinos, sigue abriéndose paso a los cachetazos en los tribunales federales de Corrientes.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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