CASO LOAN: Declaró la amante de Antonio Benítez
TRAICIÓN EN EL MONTE, CITAS CLANDESTINAS Y UN CHAT A LAS CINCO DE LA TARDE: EL TESTIMONIO QUE DESGUAZA LA COARTADA DEL TÍO DE LOAN
El aire en el Escuadrón 48 de la Gendarmería Nacional se cortaba con un cuchillo. La jornada número treinta y pico del juicio oral y público por la desaparición de Loan Danilo Peña —ocurrida aquel fatídico 13 de junio de 2024 en el paraje El Algarroval, en la localidad correntina de 9 de Julio— prometía tecnicismos y aburrimiento burocrático, pero terminó convirtiéndose en un torbellino de revelaciones capaces de voltear cualquier versión oficial. Mientras los jueces federales intentan poner orden en un expediente plagado de zonas oscuras, contradicciones y operaciones políticas, las voces de los lugareños empiezan a romper el blindaje del silencio que impuso el miedo.
Las actas judiciales y los testimonios brindados ante el estrado no hacen más que confirmar lo que muchos sospechaban desde el primer día: la desaparición del niño de cinco años no fue un trágico extravío en medio de la vegetación, sino el resultado de una maniobra urdida en las sombras, donde las distancias geográficas, los falsos testimonios y las relaciones paralelas tejen una trama tan compleja como perturbadora.
El baqueano que vio lo que nadie quería ver
El primer testimonio en sacudir los cimientos del tribunal provino de Ramón Ignacio Robledo, un lugareño de 47 años que conoce cada centímetro de la zona cero. Su testimonio sirvió para demoler, con la fuerza inapelable del sentido común rural, la supuesta inocencia de Bernardino Antonio Benítez, el tío político del menor y uno de los principales detenidos en la causa.
Robledo relató con precisión quirúrgica el momento exacto en que se cruzó con Benítez aquel mediodía de la desaparición. Eran aproximadamente las tres y media de la tarde. El baqueano se encontraba sentado a la sombra, cerca de los límites del campo de la abuela Catalina, cuando vio aparecer al imputado caminando de manera solitaria.
—Le pregunté si se le había perdido algún animal, porque las vacas siempre andan pastando por ahí— declaró Robledo ante el tribunal, manteniendo la mirada firme—. Me dijo que no, que se trataba de otra cosa. Me comentó que el hijo de José [Peña] se había perdido y me pidió que, si llegaba a verlo por el monte, le avisa.
Lo que llamó poderosamente la atención de los investigadores y de los fiscales fue la actitud distante y casi displicente de Benítez. Lejos de movilizarse con la desesperación genuina de un familiar que busca a un niño perdido en un terreno inhóspito, el hombre continuó su marcha sin detenerse a dialogar en profundidad.
A esa declaración se sumó un factor geográfico determinante. Robledo, al igual que otros baqueanos que desfilaron por el juicio, dejó en claro que la distancia entre el famoso naranjal —el supuesto epicentro de la desaparición— y el lugar donde apareció la zapatilla del niño es de aproximadamente tres kilómetros. Un trayecto kilométrico, plagado de pastizales de más de medio metro de altura, espinillos y un monte tupido que haría imposible para un niño de cinco años, desorientado y que pisaba ese suelo por primera vez, recorrerlo solo y sin dejar un solo rastro biológico.
“Un chico que conoce el lugar quizás pueda orientarse, pero para una criatura ajena a la zona es una travesía imposible”, sentenció el testigo, sepultando de un plumazo la teoría del accidente o del extravío fortuito que las defensas intentaron sostener durante meses.

La sombra de las coartadas y el celular apagado
Pero el verdadero terremoto de la jornada judicial llegó de la mano de una testigo largamente esperada por las querellas: Argentina Maldonado, una mujer de 48 años oriunda de 9 de Julio que, detrás de su fachada de vecina común, ocultaba un vínculo sentimental y clandestino con el propio Antonio Benítez.
Su declaración desnudó las miserias íntimas, los mensajes cruzados y las contradicciones flagrantes que dinamitan la coartada del imputado en las horas clave de la desaparición. Maldonado relató que aquel 13 de junio se encontraba en la casa de su prima —cuyo esposo se dedica a la venta de insumos agropecuarios— comprando alimento para su gato, cuando vio llegar a Benítez por la mañana temprano.
Lo interesante no fue solo la presencia del imputado en ese lugar, sino el comportamiento que exhibió antes y después de que se desatara el escándalo nacional. Según reconoció la testigo, mantenía un trato frecuente con Benítez a través de WhatsApp, un intercambio de rutina que incluía saludos matutinos y conversaciones cotidianas. Sin embargo, el tono cambió drásticamente a media tarde.
Acorralada por la lectura de sus propias declaraciones previas ante la justicia de Goya —exhibidas por la secretaría del tribunal tras una serie de baches en su memoria—, Maldonado admitió que Benítez le mandó un mensaje directo a las cinco de la tarde de aquel fatídico día. El emoticón elegido por el sospechoso fue elocuente: una cara triste.
—Mi sobrino Loan está perdido— le escribió Benítez a su expareja en plena tarde, cuando el operativo de búsqueda oficial ni siquiera se había desplegado con la seriedad que el caso ameritaba.
La revelación desató murmullos de indignación en la sala de audiencias. ¿Por qué razón un hombre que supuestamente participaba en la búsqueda desesperada de un familiar directo se toma el trabajo de enviarle un mensaje con emojis de tristeza a una expareja clandestina, en lugar de abocarse de lleno a rastrillar el monte? La respuesta, para los fiscales, es evidente: el manejo de los tiempos y la necesidad de construir coartadas preventivas frente a su círculo íntimo.
La coartada del corte de luz y los estados sospechosos
Maldonado intentó justificar la aparente desconexión de Benítez y su propia ignorancia sobre los hechos argumentando una serie de excusas técnicas que rozan lo inverosímil. Según su testimonio, aquel día se había producido un corte masivo de energía eléctrica en la zona rural de 9 de Julio, lo que provocó que la batería de su teléfono celular se agotara por completo mientras dormía la siesta.
Recién a las cuatro de la tarde, cuando el servicio eléctrico se restableció y logró encender el aparato, comenzó a visualizar la marea de notificaciones y estados de WhatsApp que empezaban a multiplicarse entre los vecinos del pueblo. Entre ellos, los múltiples estados publicados por el propio Benítez, una seguidilla de publicaciones digitales que llamaron la atención por su inusitada frecuencia en medio de la supuesta conmoción familiar.
Sin embargo, el testimonio de Maldonado dejó al descubierto otra arista todavía más inquietante: la red de complicidades e influencias que operaba en el pueblo en las sombras. A preguntas de las defensas y de las querellas, la testigo reconoció que en aquellos días de junio de 2024, la casa parroquial del pueblo —bajo la órbita del sacerdote del lugar— estaba siendo utilizada de manera sistemática para alojar a personal policial proveniente de otras jurisdicciones, más precisamente al cuestionado comisario Walter Maciel y a sus subordinados operativos.
La presencia de uniformados instalados en la parroquia, sumada a la existencia de grandes freezers comunitarios en el pueblo que en su momento despertaron suspicacias sobre el almacenamiento de elementos comprometedores, dibuja el mapa de un territorio donde las fuerzas de seguridad locales sabían perfectamente qué es lo que estaba ocurriendo mientras simulaban realizar rastrillajes estériles en direcciones opuestas.
Entre contradicciones y fojas judiciales
La declaración de Maldonado no estuvo exenta de tensiones. Los abogados defensores intentaron por todos los medios minimizar sus dichos, señalando supuestas contradicciones temporales respecto a las fechas en las que Benítez solía visitarla o la intensidad del vínculo que los unía. Sin embargo, la persistencia de las querellas logró exponer cómo el entorno de los sospechosos operaba mediante pequeños círculos cerrados de comunicación, donde la información fluía de manera selectiva antes de que trascendiera públicamente a los medios nacionales.
La lectura de las fojas del expediente de Goya de noviembre de 2024 sirvió para acorralar a la testigo, obligándola a reconocer que el contacto con Benítez no fue casual ni esporádico, sino parte de una red de relaciones paralelas que el imputado sostenía en paralelo a su convivencia formal con Laudelina Peña —la tía de Loan, actualmente detenida y procesada por haber plantado la falsa pista del accidente vial con la camioneta de los Pérez-Caillava—.
A medida que el juicio oral avanza hacia su etapa final, con un ritmo de audiencias que se ralentizará en las próximas semanas ante la inminente jubilación del juez principal Fermín Arolini, el rompecabezas judicial va tomando una forma macabra.
Por un lado, los baqueanos demuestran científicamente y por experiencia territorial que un niño no pudo haberse perdido solo en el monte y que las pisadas de los sospechosos respondían a una lógica de desorientación fingida. Por el otro, los testimonios de los vínculos íntimos de los detenidos revelan que, mientras la Argentina entera contenía la respiración y exigía la aparición con vida del pequeño de cinco años, los adultos involucrados se comunicaban mediante emojis, administraban coartadas telefónicas y especulaban con el tiempo ganado.
El pacto de silencio, sostenido a base de amenazas, favores políticos y complicidades policiales, cruje por los cuatro costados. Las revelaciones del baqueano Robledo y los chats de la expareja de Benítez a las cinco de la tarde no hacen más que arrinconar a los acusados hacia un callejón sin salida procesal. En los pasillos del tribunal federal, la certeza es lapidaria: la verdad ya no cabe debajo de la alfombra, y cada nueva audiencia es un paso inexorable hacia la condena de quienes convirtieron una siesta pueblerina en el crimen más atroz de la historia moderna del país.