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Caillava se quebró en medio del juicio por la desaparición de Loan: “nunca lo subimos en el auto”

María Victoria Caillaba rompió el pacto de silencio en el juicio por Loan y se quebró en pleno tribunal con un relato plagado de lágrimas y contradicciones. Con un discurso minuciosamente armado, intentó lavar su imagen, juró amor por los niños y aseguró que jamás se detuvieron en el camino. ¡Hacé clic en el enlace de los comentarios para leer la crónica secreta de esta declaración explosiva que sacude a todo el país!

¡LLANTO, DRAMA Y UN DISCURSO CALCULADO! EL DÍA QUE CAILLABA ROMPIÓ EL SILENCIO: “NUNCA LO SUBIMOS A LA CAMIONETA”

El silencio en la sala de audiencias del tribunal federal en Corrientes se cortaba con un cuchillo. La tensión acumulada durante más de dos años de incertidumbre en torno al caso de Loan Danilo Peña alcanzó este miércoles uno de sus puntos más álgidos cuando María Victoria Caillaba, una de las imputadas clave en la trama de la desaparición del niño, levantó la mano y pidió declarar. No buscaba responder preguntas de la fiscalía —de hecho, eligió retirarse sin someterse al interrogatorio cruzado—, sino desplegar un monólogo de proporciones teatrales, diseñado con precisión quirúrgica para conmover, desviar culpas y, sobre todo, preparar el terreno judicial de cara a las próximas instancias del proceso.

Durante horas, Caillaba transitó por todos los estados de ánimo posibles: desde la nostalgia rural de sus primeros años en Gobernador Martínez hasta el quebrue emocional más absoluto, derramando lágrimas al hablar de su familia, su trabajo y el terror visceral que le provoca la enfermedad oncológica. Sin embargo, detrás del manto de vulnerabilidad que intentó exhibir ante los jueces, los analistas y periodistas que siguen el caso minuto a minuto detectaron una estrategia defensiva implacable, orientada a blindar su coartada y, de manera sutil pero firme, trasladar la responsabilidad operativa al volante a su propio esposo, Carlos Pérez.

Del campo al banquillo: el relato de la “mujer de bien”

Con la voz temblorosa al principio, buscando ganar la empatía del tribunal, Caillaba arrancó su exposición remontándose a sus raíces. Narró su infancia en un paraje rural, el esfuerzo de sus padres para que los chicos del campo terminaran la secundaria y su propia maternidad temprana, cuando a los 17 años dio a luz a su único hijo varón, Jorge Luciano Bertón —un nombre cuyo peso específico resonaría con fuerza en los pasillos judiciales de cara al testimonio que debía brindar su propio hijo al día siguiente, acorralado por los registros de geolocalización que lo ubican cerca de la escena aquel fatídico 13 de junio de 2024—.

“Toda mi vida trabajé”, repitió como un mantra a lo largo de su alocución. Desanduvo sus 26 años de servicio en el colegio secundario de 9 de Julio, su paso efímero por la política local y su gestión al frente del área de producción municipal. Con tono sufrida, recordó las jornadas bajo 45 o 50 grados de temperatura carpiqueando bajo la cobertura plástica, plantando tomates y regando surcos a la vieja usanza. Intentó dibujar el perfil de una funcionaria abnegada, dedicada a conseguir semillas de sandía y zapallo del INTA de Bella Vista, a entregar pollitos bebé y a gestionar capacitaciones de inseminación bovina para que los jóvenes del pueblo no tuvieran que emigrar por falta de oportunidades.

En el tramo más dramático de su introducción, Caillaba se quebró al abordar su salud y su historial solidario. Mencionó que padece nódulos en ambas mamas y que guarda un terror inquebrantable a la palabra “oncológico” debido a la trágica muerte de su abuela. Acto seguido, sacó chapa de benefactora social: enumeró donaciones a capillas para el Día del Niño, la ayuda económica de su propio bolsillo a vecinos necesitados para comprar remedios —lamentando con amargura que una de esas mujeres beneficiadas luego declarara en su contra— y el orgullo de haber sido considerada una especie de “abuela Vicky” por los niños del pueblo a quienes cuidaba, malcriaba con pochoclos y llevaba de paseo.

“Jamás en mi vida le haría daño a un niño. Nunca”, exclamó con firmeza desafiante, deteniendo su relato por momentos cuando el llanto amenazaba con ahogar sus palabras, exigiendo al auditorio que reconociera su trayectoria intachable.

La radiografía del almuerzo maldito: 13 de junio de 2024

Entrada ya en materia cronológica, la imputada se adentró en los pormenores del día que cambió la historia de Corrientes. Explicó que su vínculo con la abuela Catalina era estrecho y genuino, basado en visitas previas donde le había conseguido una perforación de agua, alimento para animales y la imagen de una virgen. Fue en ese contexto que la anciana le prometió avisarle cuando cocinara un guiso de gallina de campo, plato del que Caillaba se declaró fanática.

Según su versión, la mañana del 13 de junio la pasó en su domicilio cargando títulos secundarios en el sistema federal a través de su netbook, una tarea engorrosa debido a la mala señal en el colegio, motivo por el cual prefería la conectividad de su casa. Cerca de las 11:30 de la mañana, prepararon con Carlos Pérez los víveres para llevar al almuerzo: una botella de vino de tres cuartos, pan y una gaseosa comprados en el kiosco vecino, además de una pequeña petaca de licor destinada a agasajar a la abuela Catalina.

Llegaron al paraje El Algarrobal entre las 12:10 y las 12:15 del mediodía. En su relato, Caillaba dibujó un mapa detallado de la mesa: la abuela Catalina en la cabecera, flanqueada por ella misma y por Pérez; José Peña sentado al lado de su hijo Loan —a quien recordó perfectamente vistiendo una remera negra con la inscripción “Messi” en rosa, pantalón y una gorra celeste con una tira roja—; y en otra mesa separada, los menores del grupo. Describió la presencia de Antonio Benítez, Laudelina Peña, Macarena Peña, Camila Núñez con su hija, Daniel Ramírez y Mónica Millapi con sus sobrinos.

El almuerzo, según su perspectiva, transcurrió con total normalidad, entre bromas triviales sobre la falta de sal en la comida y conversaciones cotidianas. Todo se extendió hasta aproximadamente la 1:40 de la tarde.

El momento bisagra: la partida y el camino “intransitable”

El punto de inflexión del relato se situó cerca de las 2:15 de la tarde. Con la excusa de que ese día jugaba River Plate —equipo del cual tanto ella como su marido son socios y fanáticos—, Pérez la apuró para regresar al pueblo antes de que comenzara el partido. Fue en ese instante cuando Catalina, Laudelina y la propia Caillaba se dirigieron a las plantas de mandarinas ubicadas a pocos metros del galpón para cosechar algunos frutos de regalo.

Allí ocurrió el detalle que la fiscalía analiza bajo lupa: sonó el teléfono celular de Laudelina. La mujer se apartó hacia la zona de la capillita y, al regresar, comentó que Antonio le había preguntado si Loan ya había llegado. Ante la negativa de Camila, Laudelina deslizó que iría a buscarlo suponiendo que el niño venía caminando por el callejón.

Es en este tramo donde la estrategia discursiva de Caillaba adquiere su máxima tensión defensiva. Con gestos enfáticos y mirando fijamente al tribunal, remarcó una y otra vez un detalle crucial: “Manejaba mi esposo, no manejaba yo”.

Aseguró que se despidieron de Catalina y de José Peña —quien según ella se acercó a saludarlos a la camioneta— y emprendieron la marcha de salida. Aquí introdujo una defensa técnica sobre las condiciones del terreno: el camino era completamente intransitable, por lo que era físicamente imposible circular a más de 15 o 20 kilómetros por hora. “Fuimos despacio, señor juez, no paramos en ningún momento desde que salimos de la casa de Catalina. Nunca”, vociferó, anticipándose a la hipótesis fiscal que sostiene que el niño pudo haber sido atropellado involuntariamente y luego cargado en la caja o el asiento trasero del vehículo.

La coartada de la desesperación en el pueblo

De acuerdo con su cronología, enfilaron directo hacia la Ruta Nacional 123, ingresaron al pueblo de 9 de Julio, doblaron por la calle Vicente Pampín y estacionaron la camioneta dentro del galpón de su domicilio. Al bajar, su marido le advirtió que no había energía eléctrica, por lo que la ilusión de ver el partido de River se esfumó de inmediato.

Cerca de las 3 de la tarde, la tranquilidad hogareña se derrumbó con el primer llamado de la abuela Catalina. “No aparece el muchachito”, le habría dicho la anciana con desesperación, preguntándole si no lo habrían visto en el camino o si no se habría escondido en el vehículo. Ante semejante panorama, Caillaba asegura que salieron disparados a revisar minuciosamente la camioneta: abrieron las puertas, revisaron los asientos traseros, miraron debajo del chasis, en la caja y hasta en los costados externos.

Al persistir la angustia y constatar que nadie daba con el paradero del menor, decidió tomar cartas en el asunto. Como el teléfono fijo de la comisaría local jamás funciona —un detalle pintoresco pero revelador de la desidia institucional de la zona—, recurrió a su agenda personal para llamar directamente al agente Hernán Duarte, uno de los pocos efectivos a los que los vecinos recurren ante urgencias. Le pidió que por favor organizaran una partida de búsqueda porque el nieto de Catalina se había perdido en el monte.

Entre la estrategia y la sombra de Casación

Tras un cuarto intermedio técnico por cuestiones de conexión virtual, la declaración continuó enfocándose en cómo se sumó posteriormente a los rastrillajes en el campo, buscando mostrar una actitud proactiva y de absoluta colaboración desde el minuto cero.

Los cronistas judiciales que cubren el debate, como Sebastián Domenech y Paula Bernini, coincidieron en señalar que la exposición de Caillaba estuvo minuciosamente ensayada. Cada pieza encajaba con la precisión de un reloj suizo: destacar que ella no manejaba para neutralizar la teoría del atropello; insistir en que jamás detuvieron la marcha para bloquear la presunta carga clandestina del cuerpo; y victimizarse con lágrimas en los ojos para contrarrestar la imagen de frialdad que los testigos le atribuyen en los primeros días posteriores al hecho.

Los cañones apuntan ahora a la jornada siguiente, donde la declaración de su propio hijo, Jorge Luciano Bertón, promete sacudir los cimientos del juicio. La fiscalía guarda bajo siete llaves los informes de geolocalización celular que comprometerían al joven, ubicándolo en órbita directa con su madre y con Carlos Pérez durante aquellas horas críticas.

Mientras tanto, en los pasillos de los tribunales correntinos queda la sensación flotando de que el descargo de Caillaba no busca convencer a los jueces de primera instancia, sino sembrar las dudas técnicas necesarias para dinamitar el fallo en las futuras instancias de apelación ante la Cámara Federal de Casación. El juicio por Loan sigue su curso implacable, y la verdad, envuelta en un laberinto de estrategias jurídicas y relatos encontrados, parece todavía estar muy lejos de emerger a la superficie.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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