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Caso Loan: Declaro Caillava y planto hipótesis del narcotr*fico: Juan Manuel Laprovitta, periodista

La sombra del narcotráfico y un relato de dos horas: el día en que Victoria Caillava decidió hablar

El silencio se cortaba con un cuchillo en la sala de audiencias. Durante dos largos años, el hermetismo había sido la regla de oro para los principales imputados en la desaparición de Loan Danilo Peña. Nadie hablaba, nadie arriesgaba una teoría que fuera más allá de los achiques defensivos tradicionales. Hasta que ocurrió lo que muchos analistas jurídicos califican como una maniobra de alto vuelo discursivo: Victoria Caillava pidió la palabra. Y lo que salió de su boca no fue un simple descargo defensivo; fue la apertura de una caja de Pandora que sacudió el tablero judicial y colocó al narcotráfico en el centro exacto de la escena.

El periodista Juan Manuel Laprovitta, en un informe detallado que dejó perplejos a los seguidores del caso, describió la intervención de Caillava como una pieza de ingeniería discursiva “sencillamente formidable” por su nivel de estructura. No porque su veracidad fuera aceptada de inmediato por todos —de hecho, la incredulidad flotaba en el ambiente y en las expresiones del propio comisario Walter Maciel—, sino por la precisión quirúrgica con la que hilvanó su defensa.

Durante dos horas de exposición ininterrumpida, Caillava recorrió su biografía, desanduvo la línea cronológica previa al fatídico almuerzo del 13 de junio de 2024 y, en el clímax emocional de su alocución, quebrada en sollozos, introdujo el elemento más perturbador de la jornada: aseguró que toda esta pesadilla es una represalia, un pase de factura mafioso, debido a su rol clandestino como informante de agentes federales en casos de drogas en la localidad correntina de 9 de Julio.

La confesión que nadie esperaba: “Fui informante contra la droga”

El momento de mayor tensión emocional en la sala se produjo cuando Caillava admitió, con la voz quebrada y lágrimas en los ojos, que durante un largo período funcionó como un nexo informativo para las fuerzas de seguridad federales en la lucha contra el narcotráfico en la región. Según su testimonio, esta actividad secreta —ocultada celosamente incluso a su propia familia— es hoy la causa directa del calvario que asegura estar viviendo.

“La droga está destruyendo a los chicos, hay preadolescentes que ya se están envenenando y la droga está matando a gente de bien”, vociferó con potencia emocional, según relató Laprovitta. En ese mismo relato, vinculó directamente el calvario judicial de su esposo, Carlos Pérez —un hombre con una carrera de 38 años en la Armada Argentina—, y el de su hijo, Jorge Luciano Bertón —a quien describió como un muchacho que se mata laburando para llevar el pan a su casa—, a una venganza urdida por estructuras oscuras ligadas al narcotráfico local que buscaban cobrarle vieja cuentas pendientes.

La estrategia no es menor. Al posicionarse como una colaboradora anónima de la ley contra el narcotráfico, Caillava intenta subvertir la acusación en su contra y transformarse, en su propio relato, en una víctima de una conspiración criminal más amplia. Es una jugada de ajedrez procesal que busca desviar el foco de la desaparición de un niño hacia una supuesta vendetta institucional y mafiosa.

Apuntando al entorno y a la vecina clave: el caso de Brisa Contreras

Para dar sustento a esta teoría, la imputada no dudó en enfilar sus cañones contra testigos clave que la habían comprometido fuertemente en etapas anteriores de la investigación. Entre ellas se encuentra Brisa Contreras, la joven vecina de 9 de Julio que declaró haberla visto lavando la camioneta en su domicilio tras la desaparición de Loan.

Lejos de esquivar el bulto, la defensa de Caillava —liderada por los letrados Agustina Furlan y Tito González— ya había instalado el terreno en audiencias previas al interrogar a la testigo sobre los vínculos familiares de su pareja, conocido en la zona como “El Gordo”, y su supuesta relación con causas vinculadas a sustancias prohibidas. En su declaración, Caillava profundizó esa línea: aseguró que los dichos de Brisa Contreras en su contra no eran más que un corolario de esa enemistad previa y de los señalamientos que ella misma realizaba contra la delincuencia organizada en 9 de Julio.

“Ella vino a hablar de mí porque yo era informante de agentes federales”, habría deslizado Caillava, intentando desacreditar de un solo golpe el testimonio visual que la colocaba limpiando rastros sospechosos en su vehículo oficial y particular.

La sombra sobre el comisario Maciel: ¿plantaron pruebas en los vehículos?

Uno de los blancos más filosos de la declaración de Caillava fue, sin mencionarlo de manera formal como el autor material pero dejándolo al borde del abismo, el comisario Walter Maciel. La imputada recordó que fue por pedido explícito de ella, ante el temor infundado que sentía, que su marido se comunicó con Maciel para solicitar una custodia rigurosa sobre los vehículos del matrimonio.

¿Dónde estaban esos rodados cuando se realizaron las pericias clave? En la comisaría, bajo la órbita y la responsabilidad directa del comisario. De este modo, Caillava dejó abierta la sospecha —más bien una acusación sutil pero demoledora— de que fue en ese lapso, bajo la custodia policial, donde habrían “implantado” el rastro o el olor de Loan en sus vehículos.

“En nuestros vehículos no estuvo Loan, nosotros no lo tuvimos a Loan”, exclamó en repetidas ocasiones, blindando su negativa categórica y trasladando la responsabilidad de la contaminación probatoria al accionar de la fuerza policial local encabezada por Maciel. El efecto en la sala no pasó desapercibido: el propio Maciel, fiel a su costumbre, siguió cada palabra de la exposición con gestos elocuentes de incredulidad y rechazo absoluto, evidenciando que la guerra entre los coimputados ha entrado en una fase de demolición mutua.

Desmintiendo el almuerzo fatal y señalando a Benítez

En otro tramo de su extensa declaración, Caillava intentó demoler los testimonios que hablaban de un clima de descontrol o alcoholismo durante el almuerzo del 13 de junio de 2024. Reconoció que era fanática del pollo de campo y que se consumió una botella de tres cuartos de vino, pero desestimó de plano cualquier estado de ebriedad, quitándole entidad a las versiones que señalaban a José Peña —padre de Loan— o a los comensales bajo los efectos del alcohol.

Sin embargo, el dato más explosivo respecto al almuerzo y los momentos previos a la desaparición fue la ubicación que hizo de los movimientos de los otros implicados. Caillava afirmó haber visto pasar a Benítez junto al grupo de niños “en masa” rumbo al naranjal. Al sintetizar la salida hacia el monte con la frase “grupo en masa”, colocó a Benítez de manera explícita como el articulador y guía que condujo a los chicos hacia la zona de los naranjos, despegándose por completo de esa caminata fatídica y marcando una distancia insalvable con las coartadas de la co-defensa. Este señalamiento promete generar réplicas sísmicas en las estrategias de los abogados de Benítez y de los demás procesados en las próximas audiencias.

La frialdad científica: cuestionando al veterinario y las pericias olfativas

Si en el tramo dedicado al narcotráfico y a su supuesto rol como informante Caillava se quebró en llanto, hubo momentos de su exposición donde la emoción dio paso a una frialdad técnica implacable. Uno de ellos fue cuando abordó la declaración de un médico veterinario de 9 de Julio de apellido Moreira.

Sin derramar una sola lágrima, con tono firme y calculador, Caillava señaló que dicho veterinario había atendido a uno de los canes utilizados para las pericias olfativas y rastrillajes en la comisaría local. La pregunta que dejó flotando en el aire es de una gravedad procesal inmensa: ¿se realizaron pericias clave con perros enfermos o bajo tratamiento médico que invaliden los resultados? Con esta duda sembrada con precisión quirúrgica, la defensa apunta a desguazar la validez científica de las pruebas periciales más comprometedoras que pesan sobre el matrimonio Pérez-Caillava.

Asimismo, intentó justificar detalles menores pero recurrentes en las testimoniales, como el episodio de su supuesta tos incontrolable en el hospital de 9 de Julio la noche del 13 de junio, refutando a la testigo Daisy Ávalos (quien aseguró no haberla escuchado toser durante veinte minutos) al esgrimir que simplemente tenía un caramelo para la tos en la boca. Cada cabo suelto, por pequeño que parezca, fue meticulosamente atado en su relato.

¿Por qué ahora? El factor tiempo y la mira puesta en Casación

La gran pregunta que resonaba en los pasillos de los periodistas y analistas judiciales —planteada crudamente por la periodista Carla durante el intercambio con Juan Manuel Laprovitta— era inevitable: si Caillava tenía todo esto en mente, ¿por qué tardó dos años exactos en decirlo?

Para los investigadores y escépticos, el silencio prolongado durante veinticuatro meses dinamita la credibilidad del relato. Nadie que posea una información tan sensible sobre el narcotráfico y una supuesta vendetta en su contra guarda silencio mientras pasa meses tras las rejas, a menos que exista una planificación estratégica de largo aliento.

Y aquí es donde el análisis jurídico adquiere una dimensión táctica fascinante. Los especialistas apuntan a que este juicio actual puede ser solo una estación intermedia en el largo camino procesal. La verdadera jugada podría estar pensada para la instancia de revisión superior: la Cámara Federal de Casación. Si toda esta narrativa sobre los informantes federales, los 40 días previos de comunicaciones con agentes de seguridad y las supuestas maniobras de plantado de pruebas en la comisaría de Maciel se siembra con solidez en el debate oral, aunque el tribunal actual emita una condena, el terreno queda abonado y perfectamente cercado para que la Cámara de Casación revise, cuestione y eventualmente anule los pilares de la acusación en etapas posteriores.

El tiempo, en este tablero, parece jugar a favor de una estrategia defensiva muy sofisticada que piensa en años, no en semanas.

Próximos pasos y un banquillo que arde

Tras dos horas de un monólogo calculado, la audiencia pasó a un cuarto intermedio sin que la imputada aceptara someterse a las preguntas de la Fiscalía ni de las querellas, limitándose a exponer su versión y retirándose bajo un manto de rigurosa expectativa.

Mientras tanto, la tensión política y judicial no cede. Para las próximas jornadas se aguarda la declaración de Jorge Bertón —el hijo de Caillava—, un testimonio que promete encender aún más los ánimos en medio de este volantazo discursivo. Paralelamente, el tribunal debe resolver las disputas accesorias, como el caliente debate sobre la posible participación o declaración de Ramón Dupuy, con opiniones encontradas entre los defensores oficiales que exigen la inmediatez y la oralidad presencial en Corrientes frente a las posturas que pretendían derivarla a otras jurisdicciones.

El Caso Loan ingresa así en su fase más enigmática y compleja. Entre lágrimas calculadas, hipótesis de carteles narcos, cruces entre coimputados y sospechas de pruebas plantadas en comisarías, la verdad sobre el destino del pequeño de 9 de Julio parece, paradójicamente, perderse en un laberinto de estrategias jurídicas donde cada actor juega su última y más peligrosa carta.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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