El juez renunció, el juicio se sacude y las mentiras se derrumban: el giro más oscuro en el caso Loan Danilo Peña
A más de dos años de aquella tarde maldita en el paraje Algarroval, el corredor judicial de Corrientes vibra con una tensión que corta el aire. El debate oral por la desaparición de Loan Danilo Peña —el niño de cinco años cuyo rastro se esfumó el 13 de junio de 2024— atraviesa su etapa más caliente y desconcertante. Mientras las audiencias avanzan a paso firme en medio de un laberinto de testimonios contradictorios, un terremoto institucional sacudió los cimientos del tribunal: el juez que presidía el debate dejará su cargo en plena recta final. Sin embargo, este no es más que el telón de fondo de una semana marcada por revelaciones explosivas en el hospital de 9 de Julio, teléfonos celulares arrojados a la basura, pericias forenses con luminol y una maraña de coartadas que amenazan con derrumbarse por su propio peso.
Un sismo en el tribunal: la renuncia de Fermín Ceroleni y el fantasma de la nulidad
La noticia estalló como una bomba en los pasillos judiciales y acaparó los principales titulares: el doctor Fermín Ceroleni, presidente del Tribunal Oral Federal de Corrientes, no estará presente para dictar la sentencia. A través del decreto 1066 de 2026, firmado por el presidente de la Nación y el ministro de Justicia, se aceptó su renuncia por jubilación con fecha efectiva al 1 de diciembre.
Inmediatamente, la preocupación sobre el futuro del debate invadió a los familiares y querellantes. Los juicios orales de esta magnitud no son una carrera de cien metros; implican meses de producción probatoria, desfile de testigos y análisis minuciosos. El propio fiscal del caso advirtió que el debate podría extenderse más allá de diciembre, abriendo un interrogante inquietante: ¿se corre el riesgo de que el juicio colapse y deba repetirse desde cero?
La respuesta del sistema legal y del propio magistrado no tardó en llegar. Ante los planteos de la defensa y la inquietud de la querella, Ceroleni fue categórico en el recinto: descartó de plano que su retiro cause demoras procesales o nulidades, aclarando que cualquiera de los jueces restantes puede asumir la presidencia del debate.
El mecanismo legal que salva la situación está previsto en el Código Procesal Penal. El juez Enrique Bosch, quien integró el tribunal como magistrado sustituto y presenció prácticamente la totalidad de las audiencias, se perfila para tomar las riendas del proceso sin que se pierda un solo minuto de lo ya actuado. La regla de la “inmediatez” —el principio de que el juez que sentencia debe haber visto declarar a los testigos en la sala— queda garantizada gracias a la figura del juez sustituto, diseñada precisamente para evitar catástrofes procesales ante imprevistos de esta naturaleza. No obstante, las defensas técnicas, siempre ávidas de encontrar grietas, analizan hasta el último detalle de las asistencias para intentar batallar en los estrados, aunque las probabilidades de éxito técnico son escasas.
La noche de los enigmas: el hospital de 9 de Julio, una tos fantasma y los teléfonos en la basura
Dejando de lado la burocracia judicial, el corazón de las últimas audiencias latió con fuerza al compás de los testimonios que rodearon los movimientos de María Victoria Caillava y Carlos Pérez durante la noche misma de la desaparición de Loan.
Para entender la magnitud de esta pista, hay que retrotraerse al 14 de junio de 2024, el día posterior al hecho, cuando Caillava y Pérez viajaron raudamente hacia la ciudad de Corrientes. La coartada oficial de la imputada siempre giró en torno a una supuesta urgencia médica: una consulta ginecológica programada por un posible cuadro oncológico. Sin embargo, la escala previa realizada la noche del 13 en el hospital de 9 de Julio encendió todas las alarmas de la fiscalía, que sostiene que la camioneta Ford Ranger de la pareja fue utilizada para el traslado clandestino del niño.
El martes clave de audiencias trajo al estrado a dos testigos cuyos relatos, puestos lado a lado, dejaron a Caillava en una encrucijada sin salida. Por un lado declaró Alicia Axon, enfermera del nosocomio, amiga íntima de Caillava y testigo en su boda. Axon confirmó que atendió a la imputada cerca de las 23:00 horas, asegurando que presentaba una tos persistente, motivo por el cual —tras consultar con el director del hospital— le administró un corticoide y un antibiótico (dexametasona y ampicillin).
Sin embargo, los matices de su declaración empezaron a hacer agua. La enfermera deslizó que Caillava le confió que viajaba a la capital provincial al día siguiente para ver a un urólogo por un problema de incontinencia urinaria, barajando una especialidad médica totalmente distinta a la ginecología oncológica esgrimida originalmente.
Pero lo más turbio llegó cuando Axon admitió sin pruritos un accionar criminal respecto a las pruebas: reconoció que arrojó dos teléfonos celulares a un contenedor de basura cercano a su domicilio. Según su versión, uno estaba roto y el otro tenía la pantalla dañada, y borró información de su propio dispositivo simplemente “para liberar espacio”. Una amiga íntima que destruye y descarta aparatos tecnológicos en plena investigación por la desaparición de un niño de cinco años es, cuanto menos, una pieza difícil de tragar para cualquier tribunal.
En la vereda opuesta, el testimonio de Daisy Ávalos, una vecina de 29 años que aguardaba en el pasillo del hospital esa misma noche con su hija con fiebre, dinamitó el relato de la tos. Ávalos aseguró haber estado veinte minutos escuchando e interactuando en el pasillo, viendo a Pérez aguardar afuera en la camioneta, pero remarcó de forma categórica que no escuchó a Caillava toser ni una sola vez. Las piezas no encajan. Y cuando los testimonios de los allegados se contradicen de esta manera, la coartada oficial comienza a desmoronarse.
Pericias digitales y rastros invisibles: el rompecabezas de las comunicaciones
El análisis forense de los dispositivos electrónicos, expuesto durante la jornada del miércoles por la inspector Joana Méndez de la División Antisecuestros y por la subinspectora Dalma Benítez, aportó un caudal de datos escalofriantes sobre las horas críticas de la desaparición.
El teléfono de Laudelina Peña exhibió una actividad febril y frenética durante el 13 de junio y la madrugada del 14. Entre contactos cruzados con Caillava, Catalina (la abuela de Loan), Macarena y Camila Núñez, sobresalió un mensaje enviado por la propia Laudelina a las 2:39 de la madrugada del día 14, en el cual aseguraba que Loan ya había aparecido. ¿De dónde surgía semejante certeza? La respuesta apuntaba directamente a una comunicación radial previa del entonces comisario Walter Maciel, quien según el testimonio habría lanzado la falsa alarma de que el niño había sido hallado, demorando los rastrillajes reales.
Las pericias también confirmaron que tanto en los aparatos de Laudelina como en el de Maciel circulaban fotografías del botín más buscado de los primeros días: el botín de goma supuestamente perteneciente a Loan. En torno a este calzado se desató una suerte de comedia negra institucional: tres personas distintas —la vecina Soledad Duarte, Laudelina y el propio comisario Maciel— se disputaban la autoría del hallazgo, sugiriendo los investigadores que el objeto había sido plantado deliberadamente en el barro para desorientar a los sabuesos.
En paralelo, los rastrillajes con perros adiestrados (como la perra Kira) y el uso de georradar en el cementerio local —que incluyó la rotura de una losa de hormigón ante la sospecha de enterramientos clandestinos, resultando ser un falso positivo ordenado por el cuidador para su propia tumba futura— mantuvieron la tensión al límite. Asimismo, el peritaje con luminol sobre la camioneta Ford Ranger de Pérez arrojó reacciones azuladas tanto en la zona de los faros como en el frente del vehículo. Si bien la ciencia indica que el luminol reacciona tanto ante rastros hemáticos como ante residuos orgánicos de insectos aplastados en la ruta, la ausencia hasta el momento de un perfil genético positivo de Loan en los vehículos mantiene el dilema en el terreno de los indicios.
El factor Bernini y el laberinto de las coartadas mediáticas
El desfile de testigos incluyó también a la reconocida periodista Paula Bernini, cuyo testimonio fue postergado en reiteradas oportunidades hasta concretarse formalmente. Bernini, quien pasó casi dos meses instalada en el territorio cubriendo cada segundo del caso, relató cómo fue su sorpresivo encuentro con el matrimonio Pérez-Caillava en los primeros días de la búsqueda.
A raíz de una urgencia fisiológica y con los comercios del pueblo cerrados, la cronista terminó llamando a la puerta de la casa del matrimonio investigado. Lejos de cerrarle el portón, Pérez la recibió amablemente y concedió una entrevista de media hora donde se mostró visiblemente angustiado, mientras Caillava rompía en llanto. Sin embargo, una frase deslizada por Pérez en aquella charla quedó grabada a fuego en el expediente: el sospechoso confesó que se sentía “más tranquilo” porque ya había llevado sus vehículos a la comisaría, argumentando que temía que los vecinos indignados le “plantaran algo”.
Para la defensa, se trataba de un ciudadano acosado por la histeria colectiva de un pueblo desesperado que tomaba recaudos defensivos. Para la fiscalía, en cambio, era la clásica anticipación psicológica de un criminal que sabe perfectamente qué rastros escapan a simple vista en su vehículo.
En su declaración ante la justicia, la periodista también apuntó contra la figura de Nicolás Soria, conocido mediáticamente como “el Americano”, a quien acusó de intentar manipular y guiar los testimonios de Macarena (la hija de Laudelina) en una habitación de hotel con un cuestionario preimpreso, sembrando un manto espeso sobre la legitimidad de varias declaraciones iniciales que recorrieron los canales de televisión.
La sombra de Montaigne y el banquillo caliente que se avecina
A medida que el juicio avanza inexorablemente hacia las próximas jornadas clave —con la esperada declaración de María Victoria Caillava programada como la cuarta de los siete principales imputados en sentarse a dar su versión, seguida por el testimonio de su hijo Jorge Luciano Bertón—, los operadores judiciales recuerdan aquel viejo axioma filosófico citado por los magistrados clásicos: quien carece de buena memoria, jamás debe meterse en el terreno de la mentira.
Las múltiples versiones sobre una simple consulta médica, las contradicciones entre amigas que tiran teléfonos a la basura, los relatos superpuestos sobre un zapato plantado en el barro y las coartadas que se contradicen en el tiempo configuran un mosaico donde la verdad, tarde o temprano, termina abriéndose paso entre los escombros.
Mientras Loan Danilo Peña cumpliría hoy siete años en un limbo desgarrador para toda la sociedad argentina, el debate oral continúa su marcha. En diciembre cambiará la cara visible de la presidencia del tribunal con la asunción de Enrique Bosch, pero los hechos, crudos e implacables, seguirán parados firmes sobre la mesa de la justicia. La verdad ya no depende de quién mire el expediente, sino de la capacidad del sistema para derribar la red de complicidades que, durante demasiado tiempo, intentó sepultar el paradero de un niño indefenso.
