ENTRE CAMILA Y REGINA. UNO POR UNO/ CASO LOAN
EL LABERINTO DEL HORROR: Las llamadas malditas, la fuga en plena siesta y las mentiras que desnudan la trama secreta detrás de la desaparición de Loan

El calor de la siesta en el paraje rural de 9 de Julio, en la provincia de Corrientes, no da tregua. Pero lo que debió ser un almuerzo familiar apacible, un domingo de campo entre parientes, naranjos y risas infantiles, se transformó en el epicentro de una pesadilla nacional que hoy, a fuerza de contradicciones, testimonios cruzados y peritajes telefónicos, amenaza con llevarse puesta la poca credibilidad que le queda a la trama oficial. El caso Loan no es una simple desaparición; es una telaraña densa y oscura tejida con silencios cómplices, llamadas inoportunas y una huida en camioneta que huele a desesperación desde el primer kilómetro.
El almuerzo en lo de Catalina y la trampa del naranjal
Todo empieza —o termina de pudrirse— en la casa de la abuela Catalina. Un recinto donde las paredes guardan secretos que los propios protagonistas se encargan de desfigurar cada vez que se sientan frente a un micrófono o declaran ante la Justicia. Aquella tarde fatal, la excusa fue ir a buscar naranjas y mandarinas al fondo del terreno. El grupo se armó casi sin premeditación: los chicos jugando entre los árboles, las mujeres juntando cítricos en bolsas de naylon y los hombres compartiendo un trago de vino en la mesa principal.
Entre idas y vueltas, entre la pulpa dulce de las frutas y el zumbido de los insectos, el tiempo comenzó a jugar un papel macabro. Los testimonios marcan que el nene deandaba por ahí, curioso, pendiente de los caballos o corriendo entre los cañaverales. Sin embargo, en cuestión de minutos, la dinámica se rompió. Una llamada telefónica al celular de Laudelina encendió la mecha de la confusión. Del otro lado de la línea, la pregunta incisiva: ¿el nene ya había llegado con el father? La respuesta seca, tajante: no, no había aparecido por ningún lado.
A partir de ese instante, el reloj biológico del sentido común se desconfiguró por completo. Mientras algunos aseguran que el chico se mandó solo hacia el monte, otros empiezan a notar baches temporales imposibles de disimular. ¿Cómo es posible que transcurrieran más de treinta o cuarenta minutos sin que nadie advirtiera la ausencia real del menor? La respuesta se esconde en ese bache de desatención, donde cada protagonista miraba para otro lado mientras la tragedia se consumaba en silencio.
Las llamadas malditas y el fantasma de la camioneta blanca
Uno de los ejes más escandalosos que revelan los expedientes y los testimonios de la causa gira en torno al matrimonio compuesto por María Victoria Caillaba y Carlos Pérez. Su rol en el mediodía del hecho levanta sospechas tan grandes como el monte correntino. Con la excusa de volver a pueblo para ver el partido de River Plate, el matrimonio emprende una retirada que, vista a la luz de los hechos, parece más una huida táctica que un regreso rutinario.
Los registros telefónicos son lapidarios y marcan los tiempos con la precisión de un reloj suizo macabro. Las llamadas cruzadas entre las 14:00 y las 14:30 horas demuestran un nerviosismo inusual. Cuando el pánico estalla y se confirma que Loan no aparece por ninguna parte, la pareja ya está en marcha o a punto de arrancar. Lo más bizarro —y a la vez revelador— es el detalle de la cartera: Caillaba se olvida el bolso colgado de un clavo en la casa de la abuela Catalina, un descuido imperdonable que los obliga a pegar la vuelta más tarde bajo la incómoda excusa de recuperar las llaves y las pertenencias.
¿Qué sabían Pérez y Caillaba que el resto disimulaba? Los testigos los sitúan subiendo a la camioneta con una premura llamativa. Mientras el monte entero empezaba a los gritos, llamando al pequeño por su nombre, el matrimonio tenía la cabeza puesta en el horario del partido y en escapar del foco del conflicto. Las pericias posteriores sobre el vehículo, los rastros y las contradicciones sobre si el chico pudo o no haber subido a la caja o a los asientos traseros sin que nadie lo viera, abren una puerta tan aterradora como inverosímil: ¿alguien lo cargó a la fuerza o fue víctima de un accidente rural encubierto con maestría?
El raid de los vecinos y el laberinto de las coartadas berretas
Salir a buscar a un chico perdido en el monte correntino es como buscar una aguja en un pajar, pero si a eso se le suman falsos testimonios, pistas plantadas y una policía que tardó horas eternas en activar el protocolo de rastrillaje, el resultado es un cóctel explosivo. En el expediente desfilan personajes de todo tipo: changarines, familiares directos, comisarios con excusas insólitas y funcionarios municipales que operaban los teléfonos con una rapidez pasmosa para encubrir responsabilidades o despegarse políticamente del desastre.
El relato de los vecinos que salieron a rastrillar a caballo o a pie desnuda escenas dantescas. Hay quienes aseguran haber recorrido los sectores más impenetrables, metiéndose entre cañaverales donde ni la luz del sol penetra, lidiando con animales cimarrones que defendían a sus crías a los cabezazos. En medio de esa selva verde, la sensación generalizada era una sola: si el chico estaba ahí adentro, alguien lo tuvo que haber puesto, porque un nene de su edad, desorientado y cansado, jamás habría podido atravesar semejantes obstáculos sin dejar rastro biológico evidente.
Y sin embargo, los rastros no aparecían. Ni una zapatilla, ni una prenda desgarrada, ni un grito de auxilio que rompiera el silencio espeso de la vegetación. Los perros rastreadores, desorientados al principio por el paso de decenas de curiosos que pisotearon la escena del crimen en las primeras horas, terminaron marcando contradicciones que hoy hielan la sangre.
La sombra del poder y el pacto de silencio
A esta altura de la investigación, sostener la teoría de la “pérdida accidental” en el monte raya en la ingenuidad absoluta o en la complicidad manifiesta. El caso Loan expuso a flor de piel las miserias más profundas de una estructura rural donde el clientelismo, los favores políticos, el manejo de influencias y el miedo a represalias locales funcionan como un blindaje infranqueable.
La Justicia camina sobre un campo minado. Cada vez que un testigo se sienta a declarar, cambia una letra, estira los minutos, inventa una coartada o le echa la culpa al de al lado. Las peleas mediáticas en televisión, los cruces al aire y las lágrimas decrocodile de algunos imputados que intentan victimizarse frente a las cámaras no hacen más que confirmar que hay un pacto mafioso operando en las sombras. Todos se tapan con todos porque saben perfectamente que si uno cae, arrastra al resto de la cadena.
La desaparición de Loan Peña dejó al desnudo que en ciertos rincones del país la vida de un niño vale menos que un arreglo político o un partido de fútbol dominical. Mientras la familia sigue peregrinando entre marchas de silencio, peritajes interminables y la angustia perpetua de no saber si su hijo está vivo o enterrado en algún recodo clandestino de la geografía correntina, el expediente judicial sigue sumando fojas de mentiras institucionales.
La verdad, tarde o temprano, va a tener que salir a la superficie. Pero hasta que eso ocurra, el monte de 9 de Julio seguirá guardando bajo siete llaves el secreto más infame de la historia criminal argentina reciente, recordándonos que el horror, a veces, se viste con ropa de domingo y comparte la mesa como si nada hubiera pasado.