“ESCAPÓ DE BARRELIER: EL CASO QUE OCURRIÓ ANTES DE AGOSTINA”
El horror que pudo evitarse: la joven que sobrevivió al monstruo de Córdoba un año antes y a la que la Justicia dejó libre

El fantasma de la impunidad recorre los pasillos de Tribunales 2. Mientras el caso de Agostina Vega paralizó a la Argentina, el testimonio exclusivo de la abogada que defendió a la primera sobreviviente de Claudio Barrelier desnuda una cadena de negligencias judiciales insólitas. Una trampa perfecta, millones de pesos en juego y una zona liberada que dejó a un depredador suelto por las calles.
Hay historias que hielan la sangre no solo por la crueldad intrínseca de los hechos, sino por la imperdonable cadena de errores institucionales que permitió que el horror se repitiera. Cuando el nombre de Claudio Barrelier comenzó a resonar con la fuerza brutal del femicidio de Agostina Vega, la provincia de Córdoba entera se convulsionó ante la revelación de un perfil psicopático y oscuro. Sin embargo, lo que pocos sabían —y lo que hoy emerge como un escándalo de proporciones bíblicas— es que el monstruo ya había dejado sus garras marcadas mucho antes. Exactamente un año antes.
Gracias a las revelaciones de la doctora Mónica Pico, letrada querellante que representa a la primera víctima conocida de este raid delictivo, salió a la luz un expediente paralelo que estremece: el caso de una joven de 20 años que, en mayo de 2025, logró escapar milagrosamente de la misma casa de la calle Del Campillo. Si la Justicia hubiera hecho su trabajo entonces, si los fiscales hubieran investigado con el rigor que la gravedad del asunto ameritaba, hoy Agostina Vega probablemente estaría viva.
La trampa de la plata fácil y el ingreso al garaje del terror
Corría el mes de mayo de 2025. La vida de una joven común y corriente, dedicada a realizar trabajos de manicura y luchando día a día para llegar a fin de mes en una situación económica por demás vulnerable, estaba a punto de cruzarse con el peor de los abismos. A través de vínculos indirectos vinculados al entorno municipal donde Barrelier revistaba formalmente como empleado fantasma, el sujeto logró entablar contacto con ella mediante mensajes de Instagram.
En principio, la interacción parecía inofensiva o, al menos, alejada de cualquier peligro mortal. No obstante, la estrategia del depredador fue virando hacia la manipulación económica. Con la promesa de entregarle una suma importante de dinero a cambio de un favor aparentemente sencillo —guardar y custodiar una determinada cantidad de efectivo que él necesitaba ocultar—, Barrelier la tentó. Las cifras escalaban rápidamente: de un millón a dos, de dos a tres, rozando los cuatro millones de pesos. Para una chica sin empleo formal y con el agua hasta el cuello, la propuesta sonaba a un salvavidas inesperado.
El 6 de mayo de 2025, la trampa se cerró. La joven aceptó encontrarse con él y se dirigió a la tristemente célebre propiedad situada en la calle Del Campillo, en el barrio Cofico. Una vez adentro, la fachada de amabilidad y bonanza se desmoronó en cuestión de segundos. El ambiente cambió drásticamente cuando Barrelier, mostrando su verdadera cara, sacó a relucir un arma de fuego, la amenazó de muerte, le ordenó despojarse de sus prendas y procedió a maniatarla de pies y manos con cinta adhesiva, amordazándola para impedir cualquier intento de auxilio.
Lo que siguió fue una pesadilla claustrofóbica. En medio del terror paralizante, el agresor comenzó a atender llamadas telefónicas y a dialogar con supuestos interlocutores, mientras la víctima evaluaba cada segundo sus pocas chances de supervivencia.
El milagro de la huida y el desprecio fiscal
El plan macabro de Barrelier tenía un punto flojo: la motocicleta en la que había llegado la joven había quedado estacionada en la puerta del domicilio. En un momento de la retención, bajo la excusa de ingresar el rodado al sector del garaje para que no llamara la atención en la vía pública, la chica logró una mínima ventana de maniobra.
Aprovechando la confusión del atacante y una desatención milagrosa, la fuerza del terror le inyectó una valentía insospechada. La joven se desató como pudo, ignoró la orden de ingresar la moto y salió desuñada a la carrera, ganando la asfaltada calle en horas de la tarde, prácticamente semidesnuda y pidiendo desesperadamente auxilio a los gritos. Vecinos de la zona la socorrieron de inmediato, permitiendo que la policía tomara intervención.
Sin embargo, lo que debió ser el inicio de una investigación implacable se convirtió en un sainete burocrático de consecuencias trágicas. El expediente recayó en manos del fiscal Iván Rodríguez. Lejos de profundizar en las conexiones, de rastrear el origen del dinero, de investigar quiénes eran los misteriosos interlocutores a los que Barrelier mencionaba en sus llamadas o de peritar exhaustivamente el entorno, la respuesta del sistema fue insólitamente tibia.
Barrelier fue detenido, imputado por una figura menor como privación ilegítima de la libertad y, al cabo de tan solo 20 días, recuperó la libertad tras el pago de una caución. Lo peor de todo no fue solo su excarcelación, sino el absoluto abandono institucional hacia la víctima: jamás se le notificó formalmente que su captor andaba nuevamente suelto por las calles, violando los protocolos más elementales de protección a testigos y sobrevivientes de violencia extrema.
La sombra de “Papá Uno” y “Papá Dos”
El testimonio de la doctora Mónica Pico pone el dedo en la llaga sobre un aspecto que la justicia ordinaria evitó mirar de frente: la red de protección política y criminal que cobijaba a Barrelier. De acuerdo con los peritajes posteriores realizados sobre los teléfonos celulares del imputado —en particular los chats mantenidos con su pareja y coimputada, Marianela Palmero—, quedaba en evidencia que el femicida operaba respaldado por una estructura de poder invisible.
En las conversaciones rescatadas por los investigadores, Palmero le advertía sobre la presencia de personas vigilando los techos de la casa o le transmitía indicaciones precisas sobre cómo manejar la situación (“subí la música porque se escuchan gritos”). Pero lo más inquietante surgía de las propias jactancias de Barrelier, quien solía asegurar ante su círculo íntimo que respondía a jerarquías superiores, mencionando de manera recurrente a figuras crípticas a las que denominaba “Papá Uno” y “Papá Dos”.
¿Quiénes integraban esa red? ¿Por qué el fiscal Rodríguez cerró los ojos ante indicios tan claros de criminalidad organizada? La abogada Pico es categórica al señalar que la investigación de aquel entonces estuvo plagada de baches deliberados. Nunca se secuestró el teléfono de Barrelier en el momento oportuno —el aparato desapareció misteriosamente durante los allanamientos y reapareció mágicamente cuando el acusado salió de prisión—, y las pistas que apuntaban a un entramado de corrupción estructural quedaron archivadas en un cajón.
Del caso encubierto al estallido con Agostina Vega
La sobreviviente del 6 de mayo de 2025 debió exiliarse prácticamente de la provincia de Córdoba, mudándose a Buenos Aires atormentada por un pánico insondable. Vivió con el alma en vilo, sabiendo que su agresor caminaba libre, hasta que la brutalidad del caso de Agostina Vega sacudió los cimientos de la provincia y la obligó a romper el silencio.
Cuando vio las noticias sobre el secuestro, violación y desmembramiento de la adolescente de 14 años, la joven reconoció de inmediato el modus operandi. Supo, con una angustia desgarradora, que ella había tenido la fortuna de escapar por escasos minutos de un destino idéntico al de Agostina. Fue entonces cuando decidió contactar a la doctora Pico y constituirse como querellante particular, obligando a que el fiscal Raúl Garzón —quien heredó el expediente tras el apartamiento de Rodríguez— unificara criterios y acumulara las pruebas del horror sistemático.
El contraste entre ambos fiscales expone la radiografía de una justicia partida al medio. Mientras un sector prefirió mirar hacia el costado, cajonear pruebas y subestimar la peligrosidad de un sujeto armado que secuestraba mujeres en su propio garaje, otro debió lidiar con los escombros humeantes de una tragedia consumada.
Conclusión: Una deuda pendiente con la verdad
A esta altura de los acontecimientos, el caso de Claudio Barrelier ya no es solo la crónica de un asesino serial en potencia que actuaba al amparo de la noche cordobesa; es el espejo roto de un Estado que falló en todos sus estamentos. Falló la municipalidad que lo mantuvo contratado a pesar de sus inasistencias injustificadas; falló la policía que no preservó las pruebas clave; y, por sobre todas las cosas, falló una justicia lenta y cómplice que subestimó la voz de una víctima dispuesta a hablar.
Hoy, encerrado en el penal de máxima seguridad de Cruz del Eje, rodeado de tratamientos psicológicos carísimos pagados por manos anónimas que buscan asegurar su silencio, Barrelier enfrenta un horizonte de prisión perpetua. Sin embargo, en los pasillos de los tribunales cordobeses queda una sensación amarga. La certeza de que el sistema judicial argentino no solo juzga tarde, sino que muchas veces, por acción u omisión, deja la puerta abierta para que el monstruo vuelva a atacar.