Filha DESAPARECEU em 1998 — 26 Anos Depois, a Neta Viu a Avó Descer ao PORÃO com COMIDA…
A las dos y cuarenta y siete de la madrugada, Dulce vio a su abuela bajar al sótano con un plato de caldo caliente en las manos. Se había despertado por el tintineo de una llave de hierro que golpeaba contra el botón de su blusa. Desde el umbral de la cocina, vio a doña Erlinda, de setenta y tres años, descalza y con el pelo blanco suelto, sirviendo caldo de gallina en un plato hondo de gata azul. Comida caliente a las tres de la mañana. Después vio a su abuela abrir la puerta del sótano con la llave que colgaba de un cordón rojo alrededor del cuello y bajar escalón por escalón hacia la oscuridad.
Desde arriba, escuchó a su abuela hablar con una ternura que Dulce jamás le había escuchado antes: «Vení, hija, comé mientras esté calentito y no hagas ruido, que anda por acá».
Abajo no había nadie. Eso le habían dicho a Dulce toda la vida. Nadie había entrado a ese sótano desde 1998, el año en que desapareció su tía Itzel. La nieta tenía veinticuatro años y jamás había conocido a esa tía. Pero esa noche entendió algo que le heló la sangre: Itzel llevaba veintiséis años desaparecida, y su abuela le bajaba la cena a la planta baja.
Taxco, Guerrero. Una ciudad de plata aferrada a los cerros, con callejones empedrados tan estrechos que tenía dos portones, uno que daba al callejón de arriba y otro al de abajo. La casa de la familia Figueroa estaba en el Callejón del Minero, en el barrio de Guadalupe. Y así era. La familia vivía arriba. Abajo, catorce escalones de piedra muy hondo, estaba el taller. Silvestre Figueroa, maestro platero, trabajó allí toda su vida. En ese sótano soldaba, fundía y pulía, con el yunque en el medio del cuarto y una viga de mezquite tan baja que obligaba a agacharse. Al fondo había una pared de adobe. Detrás de esa pared arrancaba la galería de una vieja mina de la época colonial, un túnel que se metía en el cerro. En febrero de 1990, Silvestre selló esa galería con adobes y barro porque entraban murciélagos y chiflones de aire frío. Nadie volvió a pensar en eso.
Don Silvestre tenía un aprendiz. Se llamaba Leopoldo Galindo, aunque todos le decían Polo. Había llegado al taller a los catorce años, flaco y hambriento, hijo de un borracho que jamás preguntó por él. Don Silvestre le enseñó el oficio, le dio de comer en su mesa y lo trató como a un hijo. Cuando el maestro murió de un infarto en ese mismo taller el dos de noviembre de 1994, Polo lloró en el velorio como uno más de la familia y siguió trabajando allí un tiempo. Para los Figueroa, Polo no era solo un vecino; era de la casa.
La viuda, doña Erlinda Luna, tenía cuarenta y tres años en ese entonces. Pulía la plata pieza por pieza para sacar adelante a sus dos hijas. Era una mujer dura, de misa diaria, y durante la Semana Santa salía en procesión vestida de ánima —penitente de negro entero, encorvada, con el rostro tapado y cadenas en los tobillos— cumpliendo una manda por el alma de su esposo, y cargaba con un miedo que no le contaba a nadie. En 1991, la hija mayor, Marisol, se había ido de casa a los diecisiete años con un hombre que no le convenía; había vuelto a los seis meses, golpeada y callada. Desde aquel día, Erlinda cuidaba a su hija menor como quien protege una vela del viento.
La menor se llamaba Itzel. Había nacido el doce de diciembre de 1978, día de la Virgen de Guadalupe. En 1998 tenía diecinueve años, una trenza negra hasta la cintura y los dedos siempre manchados de polvo de pulir. Quienes la conocían la recordaban por tres cosas. La primera era la corona de plata en el colmillo izquierdo, que le brillaba cuando se reía; se había roto el diente a los once años y su padre se la había fabricado en el taller. La segunda era el anillo de colibrí con ojo de turquesa que ella misma había soldado a los dieciséis y nunca se sacaba. La tercera, la firma: en lugar del punto de la «i», dibujaba un colibrí diminuto, siempre mirando hacia la izquierda, hacia la letra.
Itzel dibujaba todas las noches desde los doce años en un cuaderno de pasta verde: anillos, aretes, collares que todavía no existían. Soñaba con estudiar diseño de joyas en Ciudad de México y tener algún día un escaparate con su nombre. Y tenía una costumbre que su madre repetiría con dolor muchas veces después: jamás salía de casa sin dejarle una cartita, dos palabras y un colibrí: «Ya vuelvo», «Fui al mercado», siempre con el colibrí.
Los domingos, Erlinda hacía caldo de gallina y siempre se lo servía a Itzel en el mismo plato: un plato hondo de gata azul con el borde blanco desportillado en un costado. Era el plato de Itzel. Ahí ya no comía nadie más.
A fines de 1997 apareció en el taller un comprador de la capital, Alberto Rentería, al que todos llamaban Beto. Tenía treinta y un años, compraba plata para una joyería del centro y era casado. Vio los dibujos de Itzel y le compró tres; le dijo que tenía talento, que en la capital había un curso de diseño y que él podía recomendarla. Erlinda lo vio una vez en la puerta con la mano sobre el hombro de su hija, y no le gustó nada.
El Domingo de Ramos, cinco de abril de 1998, mientras Itzel se bañaba, Erlinda le revisó el bolso. Encontró dos cosas: un boleto de autobús de Taxco a Ciudad de México para el sábado once de abril a las seis y diez de la mañana, y la tarjeta de Beto. Esa tarde, en la cocina de la casa del Callejón del Minero, madre e hija se gritaron como nunca antes. Los vecinos oyeron lo que pasó en esa casa entre el domingo y el jueves, pero Erlinda no se lo contó a nadie durante veintiséis años.
El jueves nueve de abril de 1998 fue Jueves Santo, la noche más larga del año en Taxco. Desde temprano, las calles se llenaron de turistas, vendedores de velas y penitentes. Según declaró después Erlinda, en su casa no pasó nada extraño ese día. A las nueve y media de la noche salió vestida de ánima, de negro de la cabeza a los pies, con cadenas en los tobillos y una cruz de madera en las manos para marchar en la procesión. Declaró que Itzel se fue un poco después a ver pasar las procesiones de las imágenes de Cristo, como hacía siempre.
La procesión comenzó a las diez y duró hasta el amanecer. Los disciplinantes de la cruz, cargando enormes haces de ramas espinosas de zarza atados a la espalda desnuda; los flagelantes con el rostro cubierto; las ánimas arrastrando cadenas sobre el empedrado. Miles de personas, tambores, rezos y hierro. En una noche así, nadie se fija en nadie.
A las tres y diez de la madrugada, Erlinda volvió a la casa del Callejón del Minero. Itzel no estaba. Esa semana, cuando le preguntaban por ella, Erlinda había dicho que estaba en cama con dolor de garganta. Buscó a su hija todo el viernes, de callejón en callejón, con los pies todavía sangrando por las cadenas. Preguntó en el mercado, en la terminal de autobuses, con las amigas. Nadie la había visto.
El sábado once de abril, a las nueve de la mañana, Erlinda se presentó en el Ministerio Público de Taxco, la fiscalía local vinculada entonces a la Procuraduría General de Justicia del Estado de Guerrero, y denunció la desaparición de su hija. Firmó una declaración: Itzel había salido a ver la procesión y no había vuelto; entregó lo que había hallado en su bolso, el boleto a la capital y la tarjeta de Beto. Para el agente del ministerio público, eso explicaba todo: una muchacha de diecinueve años con un boleto de autobús y un hombre en la capital. El boleto era para un solo asiento.
Llamaron a Beto. Dijo que apenas la conocía, que la chica le vendía dibujos y que no sabía nada. La averiguación previa —la indagatoria del viejo sistema— quedó asentada como ausencia voluntaria, una expresión que en México ya ha sepultado a miles de búsquedas.
Erlinda no aceptó esa palabra. Su único consuelo era el padre Anselmo, de la parroquia de Santa Prisca, que le escuchaba las confesiones todos los sábados desde que había enviudado. Ella le repetía a quien quisiera oírle: «Mi hija no se fue. Se fue sin dejarme su colibrí».
Itzel jamás había salido de casa sin su cartita, ni una sola vez en diecinueve años.
Polo fue el que más ayudó. Por entonces ya tenía veintiocho años y su propio negocio de plata en la Plaza Borda. Él mismo diseñó los carteles en la computadora del taller y pagó la impresión de dos mil copias: arriba, la foto de Itzel; abajo, los tres datos: la corona de plata en el colmillo izquierdo, el anillo de colibrí con ojo de turquesa y el colibrí en lugar del punto de la «i». Pegó afiches en cada poste de luz de Taxco, Iguala y Cuernavaca. Y cada vez que aparecía el cuerpo de una joven en algún rincón del estado, era Polo quien montaba a Erlinda en su Volkswagen Sedán para llevarla al Servicio Médico Forense de Iguala, la morgue local.
Una semana después de la desaparición, Erlinda hizo algo que nadie entendió: mandó a tapiar desde adentro la puerta de abajo del sótano, la puerta de madera verde que daba al callejón inferior. Y en la puerta de arriba, la que bajaba desde la vivienda, puso un candado nuevo. Se colgó la llave al cuello con un cordón rojo. Jamás volvió a bajar esos catorce escalones. Cuando alguien preguntaba, decía que ahí se metía el agua y que estaba lleno de alacranes.

En mayo de 1999, Erlinda logró que un periódico de Chilpancingo publicara el caso. En la entrevista dijo que iba a pedir a Protección Civil que inspeccionara las viejas galerías de desagüe del barrio, una por una, incluso la de su propia casa: «Donde haya un agujero, ahí voy a buscar a mi hija».
Tres semanas después llegó una postal al Callejón del Minero: una foto del arco de Tijuana con matasellos del doce de junio de 1999. Del otro lado, cinco palabras: «estoi bien, no me busquem», y la firma de Itzel con el colibrí en lugar del punto. Erlinda se sentó en la banqueta con la postal en las manos. Algo no cerraba y ella no sabía qué. Llevó la postal al Ministerio Público; el oficial la miró unos segundos y le dijo: «Señora, la letra cambia con los años. Su hija está viva. Váyase a su casa».
Con esa postal se cerró la investigación. La búsqueda oficial de Itzel Figueroa Luna duró catorce meses. La búsqueda de Erlinda duró veintiséis años.
Cada Jueves Santo salía en procesión con la foto de Itzel prendida al vestido negro. Y unos pasos adelante, caminando descalzo todo el trayecto con los haces de zarzas en la espalda y el rostro cubierto, iba Polo. Él cargaba desde niño; siempre decía que lo hacía por una manda, pero nunca le contó a nadie cuál era.
Marisol se casó y se fue a vivir a Cuernavaca, donde nació su hija Dulce el catorce de febrero de 2000. En la casa de Taxco, el plato de gata azul seguía en la repisa de la cocina. Nadie volvió a usarlo.
En 2014, Erlinda se sumó a los colectivos de madres buscadoras con una lona que decía: Itzel Figueroa Luna, desaparecida en Taxco el 9 de abril de 1998. Y en 2022 empezó a olvidar primero las llaves, después los nombres, luego en qué año vivía. El quince de marzo de 2022, un neurólogo de Iguala le diagnosticó Alzheimer.
En agosto de 2024, Marisol, agotada de pagar cuidadoras, tomó una decisión: vender la casa del Callejón del Minero. Un hotel boutique vecino quería la propiedad para sumarla a su terraza. Y su hija Dulce, que acababa de perder el empleo como fotógrafa de bodas en Ciudad de México y de romper con su novio, se ofreció a cuidar a la abuela mientras se vendía la casa. Llegó a Taxco el lunes dos de septiembre de 2024.
A veces la abuela la llamaba Itzel. A veces le preguntaba si ya había cenado. Y los platos empezaron a desaparecer de la cocina: un plato, luego una taza, después una ollita. Dulce pensaba que la abuela rompía las piezas y ocultaba los pedazos por vergüenza. Hasta la madrugada del viernes cuatro de octubre, a las dos y cuarenta y siete, cuando Dulce oyó la llave.
Aquella primera noche, Dulce reconoció el plato antes de entender el resto: era el plato de gata azul de la repisa, el que su madre le había prohibido tocar desde niña. «Este es el plato de tu tía Itzel».
Desde lo alto de la escalera contó los escalones por el sonido; en el noveno, la piedra crujía. Dulce se arrimó a la puerta entreabierta y se sentó en el primer peldaño con el corazón en la garganta. Desde abajo subía la voz de la abuela, baja y cariñosa, como quien le habla a un enfermo: «Vení, hija, comé mientras está tibio. No llores. Te lo abro mañana, hija. Mañana pasa».
Después, un largo silencio, y otra vez: «No hagas ruido, que anda por acá».
Veinte minutos después, la abuela subió con las manos vacías, pasó al lado de Dulce sin verla, echó el candado, se colgó la llave al cuello y se fue a la cama.
A las siete de la mañana, cuando Dulce le llevó el café, Erlinda le preguntó cómo había dormido. No recordaba nada. A las ocho y cuarto, Dulce llamó a su madre. Le contó todo, palabra por palabra. Del otro lado de la línea, Marisol soltó una risa nerviosa: «Ay, hija, tu abuela le lleva café con leche al Canelo, y el Canelo se murió en 2009. Le habla a la tele. Ayer me dijo que su abuelo venía a almorzar. Es la enfermedad».
Dulce le preguntó qué había en el sótano: «Nada. Chatarra del taller de tu abuelo. Está tapiado abajo y lleno de alacranes. Tu abuela nunca dejó bajar a nadie, ni a mí».
Y antes de colgar, para cambiar de tema, le dio una buena noticia: «Polo me ofreció más que el hotel por la casa. Dice que así no se mete con un desconocido. Desde que murió tu abuelo, nunca nos ha dejado solas».
Dulce no se quedó tranquila. Buscó en la puerta de la heladera el número del neurólogo en Iguala y llamó. El médico escuchó sin interrumpir y luego le explicó algo que Dulce no olvidaría: «En el Alzheimer avanzado, los recuerdos con mayor carga emocional vuelven como si fueran el presente. Su abuela no está inventando; está repitiendo algo que vivió. La pregunta no es qué ve, señorita. La pregunta es qué vivió».
El viernes por la noche, a las dos y cuarenta y siete, otra vez la llave. Otra vez el caldo, ahora en una taza; el plato azul había quedado abajo. Otra vez el noveno escalón. Otra vez la misma frase: «Te lo abro mañana, hija».
Dulce comprendió que no era la primera vez. Los platos que desaparecían de la cocina no se rompían; estaban abajo.
En la madrugada del domingo seis de octubre, cuando la abuela subió a dormir, Dulce esperó media hora y entró en su cuarto descalza. Erlinda dormía de costado, con la boca abierta y el cordón rojo enredado en los dedos. A Dulce le tomó cuatro minutos sacárselo sin despertarla. A las tres y cuarenta de la mañana abrió el candado y bajó con la linterna del celular.
El primer golpe fue el olor: caldo agrio, comida podrida, humedad de cerro. El noveno escalón crujió bajo su pie. Allá abajo, el taller del abuelo parecía intacto, como si alguien hubiera salido a almorzar hacía veintiséis años y nunca hubiera vuelto. El yunque en el centro cubierto de polvo, herramientas oxidadas colgadas de clavos y la viga de mezquite tan baja que obligaba a agacharse. Junto a la pared izquierda, una cama de lona con una frazada gris doblada encima, un balde de plástico y, clavado con una tachuela en la pared, un calendario de una farmacia de Taxco de abril de 1998.
Dulce se acercó con la luz. Alguien había tachado los días con lápiz: domingo 5, lunes 6, martes 7, miércoles 8. Y el nueve de abril estaba rodeado por un círculo apretado, como si quien lo hubiera dibujado hubiera repasado el trazo muchas veces.
Sacó la cámara: ella era fotógrafa; cuando tenía miedo, hacía fotos. Fotografió la cama de lona, el calendario, el yunque. Y cuando levantó la linterna hacia la viga, se le cortó la respiración.
Sobre la madera de algarrobo, arañado con algo puntiagudo —como el buril de un platero—, había unas letras torcidas: «Perdóname, mamá. Itzel».
Y en la «i» de Itzel, en lugar del punto, un colibrí diminuto mirando hacia la izquierda.
Dulce sabía de memoria lo que decía el cartel que su abuela guardaba en la cartera, los tres datos: la corona de plata en el colmillo izquierdo, el anillo de colibrí con ojo de turquesa y el colibrí en lugar del punto de la «i». El tercero estaba ahí enfrente, grabado en una viga del sótano de su casa. Itzel había estado encerrada allí en abril de 1998, y el calendario se detenía exactamente el día de su desaparición.
Después bajó la linterna hacia el suelo y vio los platos. Eran todos los que habían desaparecido de la cocina: platos, tazas, una ollita, dos vasos, más de cuarenta. Algunos con comida seca y negra; otros, con moho. El último, el plato hondo de gata azul con el caldo de la primera noche, frío y cuajado. Estaban formados uno al lado del otro, en un orden de ofrenda, como un altar de Día de Muertos.
Y entonces a Dulce se le cerró la garganta: los platos no estaban junto a la cama. La cama estaba a un costado, contra la pared izquierda. Los platos estaban alineados al fondo, recostados contra la pared de adobe que clausuraba la galería. La abuela no le llevaba la comida a la cama; se la llevaba a la pared.
Dulce subió a las cuatro y media, devolvió el collar rojo al cuello de la abuela sin despertarla y ya no pudo dormir.
El lunes siete de octubre, bien temprano, estaba sentada en la oficina del Ministerio Público de Taxco —ahora vinculado a la Fiscalía General del Estado de Guerrero— con el celular lleno de fotos. La atendió el licenciado Ismael Barrera. Mandó a traer del archivo la averiguación previa de 1998, con la postal abrochada a la última hoja. Dulce le mostró el calendario, la viga, los platos, recitó los tres datos del cartel: la corona de plata en el colmillo izquierdo, el anillo de colibrí con ojo de turquesa, el colibrí en lugar del punto. Dijo que su tía había estado encerrada ahí.
Barrera miró las fotos con calma: «Señorita, aquí dice “Perdóname, mamá”. ¿Sabe quién pide perdón? El que se va. Su tía estaba castigada, se fugó y le pidió perdón a su madre, y un año después mandó esta postal desde Tijuana. Eso no es un delito; es una joven que se fue de su casa».
Desde la mesa de al lado, otro agente soltó una risa: «¿Y la abuela? ¿Cuántos años con Alzheimer tiene? Lleva caldo a una cama de lona».
Barrera cerró la carpeta. Y si la abuela hubiera encerrado a la muchacha, eso ya estaba prescrito de todos modos. Le prometió mandar un oficio a la comisión de búsqueda. A nadie le importó.
Afuera, en la banca de la entrada, una mujer de sesenta y ocho años con la foto de su hijo estampada en la remera se aferraba al apoyabrazos: «Vos sos la nieta de Erlinda».
Se llamaba Brígida Ayala. Buscaba a su hijo desde 2013 con un colectivo de la región norte y había marchado al lado de Erlinda durante diez años. «Tu abuela nunca creyó esa postal —le dijo—. Decía que había algo raro y no sabía qué. Fijate vos, que sos fotógrafa».
Esa noche, Dulce sacó de debajo de la cama la caja donde Erlinda guardaba todo. La postal original estaba ahí. Dulce la puso al lado de la foto de la viga en la pantalla del celular y amplió las dos firmas. En la viga, el colibrí miraba a la izquierda, hacia la letra; en la postal, miraba a la derecha, hacia afuera. Una muchacha que se había pasado la vida firmando igual no se habría equivocado en el sentido del colibrí ni una sola vez. Quien había escrito esa postal había calcado un colibrí, y lo había calcado al revés.
En la misma caja había una foto de la feria de la plata de noviembre de 1997: Itzel al lado de un puesto, sonriendo con la corona de plata brillando; y a su lado, con la mano en su hombro, Beto, el hombre que en 1998 le había jurado al Ministerio Público que apenas la conocía.
El sábado doce de octubre, al mediodía, Dulce volvió a bajar al sótano con la llave que le había sacado a la abuela mientras comía. Esta vez miró el suelo: junto a la pared, en el polvo de décadas, había cuatro marcas rectangulares más claras, las patas de una cama de lona. La cama había estado ahí, recostada contra la pared; alguien la había corrido un metro. Y su abuela, al bajar la comida, la dejaba donde había estado la cama en 1998. Dulce tomó un destornillador de la caja de herramientas y empezó a raspar el barro entre dos adobes. No sabía qué buscaba; solo sabía que su abuela le hablaba a esa pared.
A las dos de la tarde se abrió la puerta de arriba. Era Marisol, que había manejado desde Cuernavaca tras recibir tres mensajes de su hija. Detrás venía Polo, de cincuenta y cinco años, camisa blanca, su habitual voz pausada; Marisol le había pedido que viniera para calmarla. Polo bajó los catorce escalones, vio el destornillador y la tierra en el suelo, y habló despacio, como hablan los hombres cuando la gente escucha: «Hija, esta casa está dentro de la zona de monumentos históricos de Taxco. Desde 1990, cualquier obra aquí requiere un permiso del INAH, el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Yo estoy en el consejo, veo esto todas las semanas. Si perforás esa pared, el INAH va a clausurar la finca y tu mamá no va a poder vender. Y te podés ir denunciada. Es un delito federal».
Marisol le arrebató la llave de la mano a Dulce: «Basta, Dulce. Si seguís con esto, me llevo a tu abuela a Cuernavaca y vos volvés a la Ciudad de México».
Arriba, la vecina doña Tonia oyó todo. Esa noche, Marisol volvió a Cuernavaca con la llave en la cartera. Y a las dos y cuarenta y siete, la abuela se pasó media hora rasguñando la puerta cerrada del sótano, llorando: «Mi hija no cenó».
El domingo trece pasó algo que no pasaba desde hacía meses: Erlinda amaneció lúcida. Dulce le enseñó la foto de la viga. La abuela se quedó mirando la imagen un largo rato; después, los ojos se le llenaron de lágrimas: «Yo la encerré. Por cuatro días. Por culpa de ese hombre. Se iba a ir con él, hija, igual que su madre. La dejé ahí abajo cuatro días; yo le bajaba la cena. El jueves fui a cumplir mi manda y, cuando volví, la puerta de abajo estaba abierta, rota. Ese hombre vino por ella, le tapó la cara. Alguien en quien confiaba me dijo que no dijera nada a la policía, que me iban a meter presa y que nadie la iba a buscar. Por eso tapié la puerta. Por eso no volví a bajar. Pero está viva, hija. Se fue con él. Yo sé que está viva».
Dulce le preguntó quién le había dicho que callara. La abuela la miró como si fuera una desconocida: «¿Ya llegó tu abuelo?».
Dulce sintió dos cosas al mismo tiempo: esperanza y espanto. Itzel se había ido con Beto; estaba viva. Y si no estaba viva, Beto sabía por qué. Lo encontró esa misma noche en Facebook: Alberto Rentería Cortés, cincuenta y siete años, reparación de relojes y joyería fina en Puebla.
El lunes catorce de octubre tomó el primer autobús a Puebla. Cuatro horas con una imagen en la cabeza: una mujer de cuarenta y cinco años abriéndole la puerta con una corona de plata en el colmillo. Un hombre canoso con anteojos y lupa de relojero en la frente la recibió. Desde el fondo salió una mujer; Dulce contuvo el aliento. Era su esposa. Al saber quién era, Beto se quitó la lupa y se sentó: «Ella nunca llegó. El sábado once de abril la esperé en la terminal de Taxco desde las seis de la mañana hasta las once de la noche. No era my novia; yo era casado, le tenía aprecio, le conseguí un lugar en el curso de diseño. Por eso el boleto era de un solo asiento; se iba sola. Le mentí a la policía porque tuve miedo, y me arrepiento todos los días».
Abrió un cajón y sacó un dibujo amarillento: un anillo en forma de hoja firmado por Itzel, con el colibrí mirando a la izquierda. La esperanza se le resbaló de las manos a Dulce como un plato en el suelo. Itzel no había llegado a la capital. Si no había llegado a Tijuana, ¿dónde estaba? ¿Y quién había mandado la postal de Tijuana?
Dulce ya iba por la banqueta cuando Beto la alcanzó: «Pero hay algo que nunca le dije a la policía. El Miércoles Santo, como a las siete de la tarde, me llamaron a la joyería. Un muchacho con acento de taxista, sin dar su nombre, me dijo: “Itzel ya no va. Cambió de opinión. No la busque ni llame a su casa”. Sabía lo de la mudanza; sabía que era el sábado, sabía la hora. Yo no lo creí; por eso fui a la terminal de todos modos. Nunca supo quién era y nunca se lo dije a la policía, porque entonces hubiera tenido que explicar por qué esa muchacha confiaba en mí».
En el autobús de regreso, Dulce hizo una lista en su cuaderno: ¿Quién sabía lo del pasaje? Itzel, Beto, la abuela, y cualquiera a quien la abuela se lo hubiera contado.
El martes quince de octubre, al desayunar, Erlinda estaba a medias: a veces sabía en qué año vivía, a veces no. Dulce le tomó las manos: «Abuela, ¿a quién le dijiste que estaba encerrada? ¿Al padre Anselmo?».
La abuela negó con la cabeza: «Ni al padre, ni a nadie».
Y de pronto, con su voz de todos los días: «Solo a Polo, que me cuidaba la puerta de abajo por la noche, por si aparecía ese hombre».
Dulce llamó a su madre y le contó todo de golpe: la llamada a Beto, la puerta rota, las palabras de la abuela. Del otro lado hubo un silencio tan largo que creyó que se había cortado. Después, Marisol habló muy bajito: «Polo le alquiló a tu abuela el taller de abajo después de que murió tu abuelo, hasta finales del 97. Tenía la llave del candado de abajo, Dulce. Nunca supe si la devolvió».
Y luego, casi sin voz: «Él dibujó la flor en forma de beso en el cartel. Dijo que en la fotocopia no se veía bien».
Dulce sacó de la caja el cartel de 1998 y lo puso sobre la mesa al lado de la postal de Tijuana. Las fotografió juntas y amplió los dos colibríes: idénticos, ambos mirando a la derecha, hacia afuera. La misma mano que había dibujado el cartel había firmado la postal.
Esa noche buscó en internet el sitio web de la platería Galindo: tenían un álbum de aniversario («Treinta años llevando la plata de Taxco al mundo»). Tercera foto: Polo, un joven con corbata, de pie frente a un estante con letras doradas: Feria de la Plata, Tijuana, junio de 1999. El matasellos de la postal decía: 1 de junio de 1999.
Esa tarde, doña Tonia le había contado a Dulce que el domingo por la noche había visto el Sedán de Polo estacionado durante dos horas en el callejón de abajo con las luces apagadas.
Marisol llegó a Taxco a las seis de la tarde, se bajó del auto con la llave en la mano, se la dio a su hija y la abrazó en el callejón sin decir nada.
Esa noche bajaron al sótano las tres: Dulce, Marisol y doña Brígida, que llegó con una mochila del colectivo. Adentro llevaba una cámara de inspección, un cable largo con una lucecita y un lente del tamaño de un dedo, de esos que usan los buscadores para asomarse a pozos y cisternas. No podían tirar la pared, pero el adobe no es lo mismo que el barro que lo une. Dulce se hincó donde la abuela guardaba los platos y, con el destornillador, fue sacando el barro de la junta entre dos adobes hasta abrir un agujero del grosor de un lápiz. Marisol sostenía la linterna. Arriba, Erlinda dormía. Eran las once y cuarenta de la noche.
Brígida metió el cable. En la pequeña pantalla del aparato apareció primero negrura, después polvo flotando, luego una bóveda de piedra seca y suelo de tierra. Brígida giró despacio el cable: se asomó un trozo de tela de un azul que alguna vez fue fuerte, y luego la lucecita chocó contra algo que devolvió un brillo: plata, un anillo con forma de colibrí y ojo de turquesa.
Nadie dijo nada. Marisol se tapó la boca. Brígida se quitó la gorra y empezó a rezar. Dulce apretó el botón de grabar: treinta y ocho segundos de video. Eso fue todo lo que necesitaron.
El miércoles dieciséis, Brígida las llevó con una mujer a la que conocía bien, la licenciada Paulina Estrada, agente de la Fiscalía Especializada en la Desaparición de Personas. Vio el video dos veces; la segunda, se detuvo en el anillo: «Esto ya no es una ausencia voluntaria».
Ese mismo día reabrió la averiguación previa de 1998 y solicitó una orden urgente al INAH para abrir el muro. Marisol firmó la autorización como representante de su madre.
El viernes dieciocho de octubre, a las diez de la mañana, bajaron al sótano dos peritos, un inspector del INAH y un albañil con licencia. Antes de tocar nada, uno de los peritos, con guantes, levantó del suelo el plato hondo de gata azul y lo depositó con cuidado sobre el yunque. Después empezaron a retirar los adobes, uno por uno, numerándolos.
Detrás estaba la galería: seca, fría, con olor a piedra. Y ahí estaba Itzel. Lo que hallaron no se puede describir; solo se puede guardar silencio. Los peritos trabajaron en silencio cuatro horas. Entre los restos estaba el anillo de colibrí con ojo de turquesa; la corona de plata en el colmillo izquierdo; y dentro de una bolsa de tela, un cuaderno de pasta verde. En el suelo del túnel había algo más: ramas secas, espinosas, de zarza, las mismas que los disciplinantes de Taxco llevan atadas a la espalda cada Jueves Santo.
Marisol preguntó lo que todos iban a preguntar, ya que nadie había olido nada en veintiséis años. El perito señaló el fondo del túnel: «Estas galerías viejas tienen tiros de aire. El aire entra por aquí y sale por los respiraderos de la mina, arriba en el cerro; es como una chimenea. Y además, señora, este sótano estuvo cerrado herméticamente desde 1998».
El martes diecinueve de noviembre de 2024 llegaron los resultados de las pruebas de ADN comparadas con muestras de Marisol y Erlinda: era Itzel Figueroa Luna. La sobrina la había encontrado veintiséis años después, a un metro de los platos que su madre le bajaba todas las noches.
Dulce le entregó a la licenciada Estrada el cuaderno, el cartel, la postal y la foto de Tijuana. Beto viajó desde Puebla a declarar. Con todo eso, Estrada judicializó el caso y el juez de Taxco libró la orden de aprehensión.
El miércoles veinte de noviembre, a las once de la mañana, agentes ministeriales entraron a la platería Galindo en la Plaza Borda, entre turistas que elegían aretes. Leopoldo Galindo Téllez, de cincuenta y cinco años, no opuso resistencia. Esa tarde, con su abogado presente, pidió declarar. Y lo que relató comenzó a las once y cuarenta de la noche del Jueves Santo. Pero para llegar a las once de la noche hay que empezar dos días antes.
El Martes Santo de 1998, Erlinda le había pedido a Polo que vigilara el callejón de abajo por la noche, por si aparecía aquel hombre. Polo se sentaba en la banqueta junto a la rejilla de ventilación que daba al sótano. La primera noche, Itzel le habló desde adentro en voz baja; nunca gritó en esos cuatro días: no quería que el vecindario supiera que su madre la tenía encerrada, ya bastante se hablaba de la familia por lo de Marisol.
A través de la reja, Itzel le pidió un favor: el jueves por la noche, cuando su madre saliera de ánima, que le abriera la puerta de abajo con la vieja llave que él todavía conservaba, que la escondiera en su taller hasta que saliera el autobús el sábado, y que le avisara a Beto para que no llamara a la casa ni se apareciera. Le pasó un papelito con el número anotado por entre los verros.
Polo le dijo que sí a todo; y el miércoles llamó a Beto para decirle lo contrario. Si Beto sabía que ella salía el jueves, iba a llamar, a venir, a esperarla. Polo la quería para él solo.
Ese año, Polo había pedido salir con el grupo de los disciplinantes de la cruz, al frente, lejos de las ánimas.
A las once de la noche, con el rostro cubierto y el haz de zarzas atado a la espalda, abrió el candado de abajo. Adentro había una vela y ella ya tenía su bolso listo. Él no le dijo vamos; le dijo que la amaba desde niña, que tenía taller, dinero, casa, y que no se fuera a la capital, que se fuera con él. Ya se lo había pedido una vez, el día que ella cumplió diecinueve años; ella le había contestado que lo quería como a un hermano.
Itzel creyó al principio que era una broma, después se asustó: «Polo, sos mi familia, no me hagas esto».
Y cuando le bloqueó el paso: «Le voy a decir a mi madre».
Polo le tapó la boca para que el callejón no oyera y no la soltó hasta que dejó de moverse. Cuando se arrodilló junto a ella, varias ramas de zarza se desprendieron del haz.
No podía sacarla de ahí: los callejones estaban llenos de procesión hasta el amanecer, había policías en cada esquina y su Volkswagen estaba estacionado fuera del centro. La galería estaba a tres metros. Sabía qué adobes salían bien porque él mismo los había pegado con barro en 1990. Corrió la cama de lona un metro, metió a Itzel y su bolso en la galería, y volvió a levantar la pared con el barro y la cal del taller.
«Pensé en volver por ella más tarde», declaró. Afuera, forzó el pasador del candado con una barra de fierro para que pareciera que el hombre se la había llevado. Antes de la una ya estaba de nuevo caminando en la procesión.
Lo demás lo contó Erlinda en uno de sus días buenos: a las tres y diez entró al sótano y el foco estaba fundido; a la luz de una vela vio la cama vacía, el caldo intacto y la puerta rota. No llegó al fondo.
El viernes, Polo le había dicho a Erlinda que a las once y media había visto un carro con placas de la Ciudad de México en el callejón de abajo. Le aconsejó que no dijera nada de la reclusión: si lo hacía, la policía iba a preguntar quién cuidaba la puerta de abajo y quién más tenía la llave.
Durante cuatro noches, Erlinda le había dicho a su hija que no hiciera ruido, que él andaba por ahí. Tenía razón; solo que se había equivocado de hombre. Esa semana, Erlinda no salió de la casa ni de noche; y el albañil que cerró la puerta de abajo trabajó con una sola lámpara y dándole la espalda a la pared del fondo. Polo nunca logró volver. En mayo de 1999, cuando Erlinda dijo en el periódico que iba a revisar hasta la galería de su propia casa, Polo compró una postal del arco en la feria de Tijuana, la redactó en el hotel y calcó la firma de su propio cartel. A la inversa, en 2024, cuando supo que el hotel iba a abrir esa pared, ofreció más dinero por la casa.
Al final, el albañil le preguntó por su manda. Polo bajó la cabeza: «Todos los Jueves Santo cargué los manojos por ella».
Faltaba una sola cosa. En la última página del cuaderno de pasta verde había un dibujo a lápiz: un anillo con dos colibríes frente a frente. Abajo, con la letra de Itzel: «Para mi mamá. Semana Santa de 1999. Me voy, pero voy a volver». Itzel no se estaba fugando de su madre; le estaba dibujando un regalo para el año siguiente.
Como los hechos ocurrieron en 1998, el caso se rigió por el sistema penal de entonces. Fue formalmente detenido y procesado por el juez de primera instancia de Taxco. El viernes veintiséis de septiembre de 2025, Leopoldo Galindo Téllez fue condenado a treinta y cinco años de prisión por homicidio calificado. El juez aplicó la ley de 1998 y explicó que la prescripción para perseguir el delito —por el promedio de la pena prevista— aún no había vencido.
Erlinda no fue acusada de nada; lo que hizo en 1998 ya había prescrito de sobra. El juez pronunció sobre ella una sola frase: «Esta señora ya cargó su castigo sola».
Itzel fue sepultada en el panteón de Taxco el doce de diciembre de 2024, el día en que habría cumplido cuarenta y seis años. Entre la gente del fondo, con el sombrero en la mano, estaba Beto. Erlinda jamás volvió a bajar al sótano. El neurólogo le había dado un consejo a Dulce: no corregir a la abuela, sino cambiarle el rumbo.
Así que cuando a las dos y cuarenta y siete la abuela se levantaba a servir el caldo, Dulce la tomaba del brazo y la guiaba hasta el altar de la sala, donde estaba la foto de Itzel. Ahí dejaba el plato. Ya nunca más le llevó café al Canelo. El dos de noviembre de 2025, la ofrenda tuvo flor de cempasúchil, una veladora, el cuaderno abierto en la última página y, al centro, el plato hondo de gata azul con caldo de gallina recién hecho. Dulce le mostró a su abuela la foto de la viga y le dijo lo que Erlinda llevaba veintiséis años esperando oír: «Te dejó su colibrí, abuela. Sí».
Erlinda tocó la pantalla con un dedo y después miró el plato: «Mi hija ya cenó —dijo—. Váyanse a dormir en paz».
A veces la verdad no está lejos, sino bajo el mismo techo. A veces, las personas que más ayudan son las que más ocultan. Y a veces una madre que lo olvida todo todavía sabe, sin saberlo, dónde está su hija.