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SE REANUDA EL JUICIO POR LOAN: “PREGUNTAN MAL, NO VAMOS A NINGÚN LADO” DIJO RODOLFO BAQUÉ, ABOGADO

EL CASO LOAN EN UNA ENCRUCIJADA LASCIVA Y OSCURA: ¿UN JUICIO ESPECTÁCULO O UNA FARSA JUDICIAL SIN SALIDA?

Mientras se reanudan las audiencias y declaran los principales imputados, la voz de la defensa sacude los cimientos de Tribunales. Entre interrogatorios absurdos, teorías descabelladas sobre drones nucleares y un fiscal acorralado por su propia impericia, el misterio sobre el paradero del pequeño de Corrientes parece cada vez más lejano.

El aire en los pasillos tribunalicios de Corrientes se corta con un cuchillo. La tensión acumulada durante más de dos años de zozobra, contradicciones y silencios cómplices vuelve a concentrarse este miércoles, cuando las declaraciones y las audiencias del histórico juicio por la desaparición del pequeño Loan se reanuden con la esperada declaración de María Victoria Caillava, la primera de los imputados en romper el silencio en esta nueva etapa, seguida de cerca por las testimoniales de su entorno más cercano. Sin embargo, lejos de representar un rayo de esperanza en medio de la oscuridad, el panorama judicial genera un profundo escepticismo entre los propios protagonistas de la causa.

Las expectativas son bajas, por no decir nulas. Así lo resumió sin anestesia el doctor Rodolfo Baqué, abogado defensor de Elizabeth Cutaia —otra de las imputadas vinculadas a la órbita de la Fundación Dupuy—, en una charla descarnada donde no se guardó nada. Con la experiencia de quien lleva décadas litigando en los tribunales penales, Baqué dejó una frase que ya resuena como un epitafio para la investigación: “Preguntan mal, no vamos a ningún lado”.

El vacío probatorio y el desfile de testigos inconducentes

Para entender el tamaño del atolladero judicial, hay que mirar el expediente y las audiencias recientes. Hasta el momento, más de noventa testigos han desfilado frente al estrado. Prefectos, policías, gendarmes y periodistas han pasado ante los jueces aportando una postal repetida: gran parte de los testimonios clave de la fiscalía parecen flotar en la banquina del absurdo.

Baqué lo explica con ironía filosa, recordando que veintiún testigos de la querella y las fuerzas de seguridad ya pasaron a declarar sin aportar una sola prueba incriminatoria firme contra su defendida. Prefectura misma ha sido categórica al señalar que, de haber visto a Cutaia cometer un delito en su presencia, la habrían detenido de inmediato. No ocurrió. La realidad, según la defensa, es que cada vez que el nombre de Cutaia acapara la atención en la sala, la investigación se aleja peligrosamente del objetivo primordial: saber dónde está Loan.

“Tenemos que enfocarnos en el 13 y el 14”, advierte el letrado, haciendo alusión al núcleo duro temporal de la tragedia. Si la fiscalía sigue permitiendo que testigos secundarios pasen de largo sin una repregunta incisiva, el juicio se encaminará de lleno hacia un escándalo institucional de proporciones bíblicas. Preguntar por la factura de la luz del hotel, por quién pagó el gas o detenerse en el secuestro de un pendrive o una soga de dimensiones domésticas mientras se ignoran los informes técnicos esenciales no es hacer justicia; es, en palabras de la defensa, hacer tiempo.

El papelón de los interrogatorios: Cuando el fiscal actúa como en un pueblo chico

Uno de los puntos más críticos expuestos por la defensa apunta directamente al rol de los fiscales y su paupérrima técnica de interrogatorio. Lejos de las grandes ligas del derecho penal moderno, el debate se ve salpicado por metodologías vetustas, propias de pequeñas jurisdicciones donde la crítica al poder de turno se castiga con el ostracismo profesional.

“El fiscal cree que tiene trescientos treinta juicios de experiencia, pero la verdad es que no tiene ni uno solo; simplemente repitió el mismo juicio trescientos veintinueve veces”, dispara Baqué con munición gruesa. Acostumbrados a litigar en comunidades pequeñas donde nadie se les anima —bajo la premisa absolutista del l’état c’est moi (el Estado soy yo)—, los magistrados de la acusación demuestran, según la defensa, un profundo desconocimiento del expediente central. Se les escapan detalles cruciales, se confunden de folios, repiten preguntas infantiles a los testigos como si temieran una denuncia por acoso y, lo que es peor, tiemblan cuando un letrado avezado les marca el terreno.

El paroxismo de este despropósito se vio recientemente cuando el fiscal, utilizando a un detenido como improvisado “experto”, le consultó su opinión sobre los integrantes de la Fundación Dupuy. ¿Qué puede declarar un recluso que lleva meses tras las rejas por una mala investigación, sino buscar congraciarse con el mismo fiscal que lo mantiene cautivo? Un sinsentido jurídico que en cualquier tribunal del mundo civilizado sería anulado de inmediato por violar las garantías constitucionales más elementales.

La teoría del “accidente”: Un disparate comparable a un dron nuclear

En medio de tantas cortinas de humo, la teoría del accidente vial ha comenzado a circular con una liviandad alarmante en ciertos sectores de la causa. Para Baqué, hablar de un atropello automovilístico sin un peritaje mecánico riguroso es una falta de respeto a la inteligencia colectiva.

“Hablar de un accidente sin un ingeniero mecánico que nos explique la física del impacto es exactamente lo mismo que decir que cayó un dron con residuos nucleares y mató al chico”, ironiza el abogado, graficando el absurdo. Los manuales de reconstrucción de accidentes viales y las pruebas realizadas por terminales automotrices con dummies de niños de cinco y seis años demuestran que un impacto a escasos treinta kilómetros por hora —y no a los setenta que algunos deslizan livianamente— destruye por completo el cuerpo de una criatura, dejando rastros inequívocos, fracturas abiertas y una profusa marca hemática, incluso a nivel medular. Hablar de atropellos al pasar, sin peritos oficiales ni ingenieros en cinematemática del trauma, es simplemente buscar una salida fácil para cerrar el expediente sin arrojar luz sobre el verdadero destino del niño.

El rompecabezas del Naranjal: Extracción vs. Abducción

Para el equipo de la defensa, el caso se divide en dos momentos geográficos y conceptuales que la fiscalía deliberadamente confunde: la extracción y la abducción.

La extracción —el punto geográfico donde el chico fue físicamente sacado del radio inicial, en el camino rural que va desde la casa de Catalina hasta la ruta— es una escena delimitada. Pero la verdadera abducción comienza mucho antes: arranca en el preciso instante en que los tres adultos que debían velar por su cuidado en el naranjal deciden (o fingen) dejar de verlo.

Ahí radica el gran misterio de los ocho minutos fatídicos. ¿Cómo es posible que adultos a cargo de un menor de cinco años que había llegado sin su padre dejen de prestarle atención durante un lapso prolongado sin que ninguno mueva un dedo ni desvíe la mirada? La respuesta no se va a encontrar leyendo expedientes viejos en un estrado a cientos de kilómetros de los hechos.

Por esa razón, Baqué insiste majaderamente en la necesidad imperiosa de realizar una reconstrucción judicial in situ. Una medida que el fiscal ha rechazado sistemáticamente en hasta tres oportunidades. Volver al naranjal, plantar a los involucrados en el exacto lugar donde afirmaban estar, poner a caminar a un niño simulando los tiempos y exigirles que expliquen detalladamente por qué apartaron la vista es la única herramienta capaz de generar el llamado “efecto mariposa”. Una contradicción milimétrica, un gesto de nerviosismo o una mirada esquiva en el terreno mismo podría ser la chispa que quiebre el pacto de silencio de los imputados.

Crónica de una tragedia anunciada

A medida que pasan las horas y el debate oral avanza hacia sus tramos decisivos, el temor latente se transforma en una certeza amarga. Si el juicio concluye bajo estos mismos carriles —con declaraciones repetitivas, testigos de relleno y una fiscalía paralizada por su propia prepotencia y falta de rumbo— el resultado final será una farsa monumental.

No importa demasiado quién termine recibiendo una condena menor por encubrimiento o abandono de persona; lo verdaderamente desgarrador, lo que marcará a fuego la historia judicial argentina, es que el juicio puede terminar sin que nadie sepa dónde está Loan.

Los acusados llevan más de dos años memorizando sus coartadas al dedillo, sabiendo de memoria cada minuto y segundo de aquel fatídico mediodía. Del otro lado, una fiscalía chata, autocrática y ensimismada parece más preocupada por sostener sus formas que por raspar la superficie en busca de la verdad.

Mientras tanto, en las calles de Corrientes y en cada rincón del país, la sociedad sigue haciéndose la misma pregunta desgarradora, la única que verdaderamente importa y a la que este megajuicio, por ahora, se niega obstinadamente a responder: ¿Dónde está Loan?

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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